La defensora que cruzó todos los límites
Valeria llevaba diez años defendiendo culpables e inocentes. Lo que no esperaba era que uno de ellos la mirara así desde el otro lado de la celda.
Valeria llevaba diez años defendiendo culpables e inocentes. Lo que no esperaba era que uno de ellos la mirara así desde el otro lado de la celda.
Cada vez que cruzaba las piernas en clase, sus ojos bajaban solos. Tardé dos martes y un viernes en conseguir que me invitara a la sala de lectura privada.
Oí sus pasos en el pasillo. Reconocí su perfume. Era mi hermana. Me hice la dormida y los dejé seguir sin moverme.
Era la amiga de mi madre, tenía cincuenta años y cuando me miró desde el borde de su escritorio, supe que los documentos que traía eran solo una excusa.
Fue al río a pescar y encontró algo entre los arbustos que no esperaba ver: su vecina y un desconocido. No se movió. No dijo nada. Solo miró.
A las once y media bajé al cuarto de la lavadora con una excusa. Ella estaba de espaldas y no se giró cuando me oyó entrar. Eso lo cambió todo.
Bajé a la cocina en camiseta y ropa interior. Él estaba en la oscuridad, con el torso descubierto, mirándome como si llevara horas esperando que apareciera.
Eran las cinco y media cuando escuché su voz al otro lado de la puerta. Lo que oí después me dejó clavada en el pasillo durante diez minutos.
Entre los arbustos del río, Marcos descubrió que su vecina no era quien parecía. Ni él tampoco.
Entró con un grupo, intentó llevarse un set de lencería negra y acabó devolviendo mucho más de lo que robó. Sus ojos azules me lo dijeron todo desde el primer segundo.
Llevaba siglos en las sombras sin desear nada. Pero cuando me vio solo en la biblioteca, algo en ella cambió para siempre.
Cierro los ojos y ella aparece: alta, oscura, con una polla que no me esperaba encontrar y que ahora no consigo sacarme de la cabeza.
Cuando cerré la puerta del apartamento y estuve solo por fin, las imágenes del entrenamiento se instalaron sin permiso: los hombros de Adrián, los ojos de Gonzalo, el calor del gimnasio.
Cuando me ofreció llevarme al súper en su auto, pensé en ahorrarle tiempo a mi marido. Fue la última vez que pensé en él esa noche.
Me pasé meses evitándolo. Valentina me arrastró a su camioneta sin darme escapatoria. Él iba en el asiento del conductor, serio, sin mirarme.
Martín me escuchó en silencio mientras yo le contaba lo que había pasado con el marido de mi madre. Esa noche no dormí pensando en hacerlo.
Tenía diecinueve años y llevaba semanas provocándolo a propósito. No me arrepiento de nada.
Llevábamos dos años intentando tener un hijo sin resultado. Cuando el médico confirmó lo que sospechaba, tomé una decisión que aún me cuesta explicar.
Habían prometido que no volvería a pasar. Pero cuando Marcos cruzó la sala y sus miradas se encontraron, la promesa duró exactamente tres segundos.
Tenía acceso a cada pantalla del local y nunca debí mirar. Pero cuando vi lo que hacían con mis fotos, algo se encendió en mí que no supe apagar.