La profesora madura que se quedó sola en el hotel
Después del almuerzo, me miró por encima del café y supe que esa tarde no iba a salir a correr, sino a follar con una desconocida.
Después del almuerzo, me miró por encima del café y supe que esa tarde no iba a salir a correr, sino a follar con una desconocida.
Fui a enfrentar a la amante de mi ex y terminé mirando su cuerpo demasiado tiempo, imaginando todo lo que no debía desear.
Fui a ver una película con mi mejor amigo y su novia, pero cuando él salió un momento, ella me arrinconó y todo cambió.
Diego dormía boca abajo. Yo miraba el techo con la mano entre las piernas, y en la cabeza volvía aquella noche en la trastienda del bar de Rocco.
Subíamos por el vaso de agua cuando escuchamos los gemidos en la habitación. La puerta entreabierta lo cambió todo aquella tarde de sábado en casa de Renata.
Iba a irme cuando una mano me tomó del brazo. Camila ya no era mi secreto de un cumpleaños: tenía novia, y esa noche las dos me miraron con la misma sonrisa.
Cada vez que abría mi puerta sin avisar, su mirada duraba un poco más. Yo empecé a dejarla abierta a propósito.
Me quedé escondido en la cocina oyendo sus voces, y cuando ella entró y vio mi bulto supe que ya no había salida.
Abrí la puerta sin ropa interior, lo dejé mirarme toda la noche y terminé tan mojada que apenas podía disimularlo.
Cada mensaje en la pantalla la acercaba más a mí, hasta que me citó en el baño del tercer piso y supe que ya no había vuelta atrás.
Cuando Diego bajó la mirada y asintió por segunda vez, supe que la cena de negocios había terminado y que la verdadera transacción empezaba ahora.
Todavía recuerdo cómo me miró antes de bajarse de la cama y decirme en voz baja que todo su cuerpo, esa noche, era para mí.
Él llegó rogando por otra mujer y terminó de rodillas entre nosotras, sin entender cuándo dejó de suplicar y empezó a desear de verdad.
Nos cruzamos la mirada durante el concierto y no volví a ver otra cosa esa noche. Cuando me susurró al oído en los baños, ya sabía que iba a acabar en mi habitación de hotel.
Nuria me escribió a media tarde: «Elena viene un par de días desde Bilbao. Cena en casa. Creo que te gustaría conocerla.» No hizo falta preguntar más.
Cuando la vi otra vez en el pueblo, su mirada duró un segundo de más y entendí que no había vuelto para saludar.
Entró derrotado al despacho, y yo solo quería consolarlo; no imaginé que terminaría de rodillas entre sus piernas.
Después del beso de despedida, juré que todo acabaría ahí. Pero al día siguiente apareció en mi casa con una sonrisa y ganas de follarme.
Me bastó una sonrisa frente al mar para saber que esa noche no iba a dormir en calma.
Bajó a tirar la basura con un pijama fino sin sujetador y tardó diez minutos en volver. Cuando la escuché en la ducha, supe que algo se había roto para siempre.