Tres días con él mientras mi novia estaba en la playa
El agua caía sobre nosotros y yo estaba de rodillas. Esos tres días me enseñaron que hay placeres que no se pueden reprimir por mucho que lo intentes.
El agua caía sobre nosotros y yo estaba de rodillas. Esos tres días me enseñaron que hay placeres que no se pueden reprimir por mucho que lo intentes.
Su sobrina se fue a la pijamada igual que mi hijo. Tocó mi puerta con una botella de vino y una sonrisa que esa noche significaría mucho más.
Cuando cerré la puerta y los vi a los dos mirándome en silencio, supe que esa noche iba a cruzar una línea que llevaba semanas deseando.
Lucía soltó el timón, se apoyó contra mi pecho y sentí cómo movía las caderas buscando lo que ya no podía disimular bajo el bañador.
Cuando le vendé los ojos con la servilleta y le dije que abriera las piernas, supe que aquella noche iba a superar con creces a la primera.
Después de la tercera copa de vino supe que esa noche iba a pedirle algo que no le pedía desde hacía mucho. El corazón me latía antes de abrir la boca.
Cada excusa para cruzar la sala era una provocación calculada. Cada roce, una promesa de lo que haríamos cuando por fin estuviéramos a solas.
Me citó en un hotel y cuando abrió la puerta supe que nada de lo que había vivido antes se parecería a lo que estaba por venir.
Me prometí no volver a caer. Pero cuando abrió la puerta y me miró así, supe que todas mis reglas iban a romperse antes del amanecer.
Desperté con el sonido de una respiración agitada junto a mi cama. Lo que vi cuando abrí los ojos me dejó completamente paralizada de terror.
Cuando Claudia se dormía en el sofá, su padre y yo nos quedábamos solos junto a la piscina. Él sabía que yo lo buscaba. Y yo sabía que no iba a resistirse.
Cuando abrí la puerta y lo vi parado ahí, no pensé en nada malo. Pero su manera de mirarme las piernas me hizo quedarme exactamente donde estaba.
Cuando Aurelia se quitó el vestido frente a mi cámara, supe que aquella sesión de fotos no iba a terminar como las demás.
Fuimos a la playa nudista a relajarnos. Lo que empezo con miradas furtivas termino con ella gimiendo entre desconocidos mientras yo no podia dejar de mirar.
Un vestido negro, una fiesta familiar y un baile que despertó lo que nunca debió existir entre un padre y su hija.
Esa mañana en la cocina, las manos de Mateo recorrieron mi cuerpo con una destreza que me hizo perder toda voluntad. Después, solo quedó la culpa y un deseo imposible de apagar.
Preparamos la cena juntos entre besos furtivos. Ninguno imaginó cómo terminaría esa noche de películas en el sofá cuando descubrió mi costumbre secreta.
Necesitaba sentirme deseada. Bastó encender la cámara y dejar que los ojos de cientos de extraños me recordaran lo que valía.
Llevaba meses sin abrir esa carpeta oculta en mi teléfono. Esa noche, el insomnio y el deseo decidieron por mí.
Cuando entré en aquel bar y escuché su voz presentándose, algo dentro de mí se desplomó. No fue deseo. Fue rendición absoluta.