La ex volvió al vestuario después de mi pelea
Entró cuando todavía me dolían los golpes, se sentó sobre mis piernas y me dejó claro que no había ido a felicitarme.
Entró cuando todavía me dolían los golpes, se sentó sobre mis piernas y me dejó claro que no había ido a felicitarme.
Subí solo para encontrar un baño libre, pero la invitada que me guió cerró la puerta y me miró como si ya hubiera decidido qué iba a hacer conmigo.
Cerraron las puertas de la torre para hablar, pero cuando sus manos se tocaron, la tensión dejó de ser política y se volvió una necesidad imposible de frenar.
Cuando la vimos subir al escenario con aquel vestido pegado al cuerpo, supe que íbamos a pujar hasta el límite para tenerla entre los tres.
Se sentó a mi lado cuando apagaron las luces, y antes de medianoche ya estaba imaginando su mano subiéndome el vestido.
Cuando volvió a casa con el pelo revuelto y una sonrisa que no era para mí, entendí que el pacto que habíamos firmado en la cocina ya no tenía marcha atrás.
Primero fue una provocación en la cocina; horas después, me metí en su cama decidida a enseñarle con la lengua y las manos todo lo que su marido nunca supo hacer.
Mi amigo se fue con su novia y me dejó solo con su madre; cuando cerró la puerta, la tensión en la cocina cambió por completo.
Ella dormía en la cama. Yo salí del baño con la toalla anudada, crucé el pasillo y lo encontré esperándome como si supiera que iba a buscarlo.
Cada vez que jurábamos terminar, bastaba una mirada para acabar encerrados otra vez, sudando y follando como si nos odiáramos.
Ella me apretó la mano bajo la mesa cuando él volvió a rozarle el muslo, y supe que esa noche no íbamos a dormir solos.
Aquella mañana me depilé, me puse la lencería más provocadora del cajón y salí para la oficina con una sola decisión tomada: aceptar el trato de mi jefe.
Fui a pedir ayuda, pero cuando vi cómo me miraba en aquel despacho, supe que la conversación podía acabar de una forma mucho más peligrosa.
Volví al taller con una excusa torpe y una falda demasiado corta; ellos entendieron enseguida que no iba por el coche.
La rueda rota nos dejó solas en el bosque, y cuando ella apareció desnuda entre las ramas supe que el viaje ya no terminaría igual.
Primero fueron sus ojos desde el edificio de enfrente; después, su bulto rozándome mientras bailábamos en mi sala.
La tercera vez que coincidimos, su sonrisa duró demasiado y entendí que el café ya no era una excusa.
Cuando ella abrió la puerta del departamento y nos miró de arriba abajo, entendí que nuestra fantasía dejaba de ser una charla de sobremesa.
En la madrugada la sentí volver a la cama, agitada. Cuando me di la vuelta vi que se estaba tocando debajo de la sábana, creyendo que yo dormía.
Cuando me abrió la puerta y me hizo pasar, supe que aquella fantasía vieja seguía viva y que esta vez no pensaba salir corriendo.