Escuché a mi novia gozar sola desde el salón
Bajé el mando y contuve la respiración: al otro lado de la pared, sus gemidos empezaban a subir de tono y yo ya tenía la mano dentro del pantalón.
Bajé el mando y contuve la respiración: al otro lado de la pared, sus gemidos empezaban a subir de tono y yo ya tenía la mano dentro del pantalón.
Me invitó a quedarme a solas con ella una semana, y desde la primera noche supe que no quería tratarme como a un simple invitado.
Me hice la borracha en el asiento trasero, pero cuando ese desconocido me metió la mano bajo la falda, dejé de actuar.
Primero lo buscaron por morbo; después, por vicio. En ese barrio, cada pedido podía terminar con la puerta cerrada y las piernas abiertas.
Me la encontré por azar, me dio su número y una semana después abrió la puerta con una sonrisa que ya prometía problemas.
Cada noche la escuchaba gemir con otros hombres; cuando por fin me miró distinto en el pasillo, supe que yo sería el siguiente.
Cuando Mateo me sentó entre él y su amigo Iván, y las dos manos empezaron a subirme por los muslos al mismo tiempo, supe que la invitación al bar era otra cosa.
Cuando apareció sin su hija y me pidió ver el atardecer, supe que esa noche no iba a terminar solo con arena y vino.
Corrí hacia él como si llevara años esperándolo, aunque apenas nos conocíamos y yo todavía llevaba mi anillo de casada.
Renté la habitación, me lavé por dentro y encendí el canal erótico. A las dos en punto tocaron la puerta: era él, sudado del trabajo, con el bulto ya marcado bajo el pantalón.
Le dejé mi número en el ticket del supermercado y creí que no se atrevería. A las cinco y cuarto sonó el timbre de mi ático.
Apenas abrí la puerta, la besé con hambre. Ella temblaba, decía que era una locura, pero subió a mi cuarto sin soltarme la mano.
El aire acondicionado no funcionaba y el sudor me marcaba la camisa. Cuando levanté los ojos, él ya me miraba fijo por el retrovisor.
Cuando volvió del baño y me deslizó algo tibio en la mano, entendí que mi tanga rojo había vuelto con un secreto que iba a arruinarme el resto de la noche.
Cerré las persianas, me miré desnuda en el espejo y respiré hondo. Nunca me había tocado, pero esa tarde el único plan era descubrir mi cuerpo.
Lo vi salir del pasillo en bóxer, oliendo a jabón y alcohol, y entendí que esa noche ya no iba a poder fingir que solo era el amigo de mi hijo.
Después de semanas de cruces, miradas y pullas, me empujó al baño del vestuario y me dejó claro cómo pensaba cobrarme aquella multa.
Llevábamos años rozándonos con la excusa del cariño familiar. Cuando la puerta se cerró y quedamos solas, saqué el bikini más chico que tenía y prendí un porro.
Cerré la puerta del consultorio temblando; cuando me pidió que me quitara la ropa, supe que no había olvidado nada de la otra vez.
Cuando me sirvió una cerveza y me puso la mano en la bragueta, entendí que llevaba días dejándose ver a propósito por esa ventana.