El vecino que reconoció a Salomé tras la cámara
Bastaba con cerrar la puerta, ponerse el encaje y encender la luz para dejar de ser Damián. Lo que no sabía es quién lo miraba del otro lado.
Bastaba con cerrar la puerta, ponerse el encaje y encender la luz para dejar de ser Damián. Lo que no sabía es quién lo miraba del otro lado.
Solo quería conectar las cámaras al teléfono. En su lugar encontré, grabado y fechado, lo que mi madre hacía cada vez que mi padre salía a trabajar.
Me cambié de ropa, me perfumé con esencia de coco y volví al bar con un solo plan en la cabeza: averiguar si aquella sonrisa iba en serio.
Solo quería engatusarlo para que me subiera la nota, jugar a la carterista que distrae para robar. Nunca imaginé hasta dónde iba a llevarme mi propio farol.
Creía que el vestuario estaba vacío cuando entró en la ducha. No contaba con que dos desconocidos lo estaban mirando, ni con las ganas que esa mirada le despertó.
Me pidió que subiera y me arreglara solo para él. Esa noche, por fin, iba a ganarme el respeto de todas las chicas de la casa.
Me senté en el puesto del copiloto solo por curiosidad, pero esa noche entendí que algunas decisiones se toman sin pensarlas demasiado.
Cuando me di cuenta de que no llevaba ni la billetera ni el teléfono, el taxi ya iba demasiado lejos. Y el conductor empezó a mirarme distinto por el espejo.
Elegí la sesión más vacía para estar solo con mi cansancio, hasta que ella cruzó la sala y se sentó dos butacas a mi derecha con una sonrisa que prometía problemas.
Me abrió la puerta solo en vaqueros y supe que no íbamos a ver ninguna película. Lo miré de arriba abajo y la boca se me hizo agua.
Tenía cuarenta y un años y llevaba meses fingiendo que no pasaba nada cada vez que él me miraba. Esa madrugada dejé de fingir.
Detuvo el coche frente al edificio con las manos temblando. Ella lo esperaba tras la ventana, y ambos sabían que esa copa de vino era solo el principio.
De día era el ayudante perfecto del atelier; de noche se probaba el encaje frente al espejo. Una sola foto bastó para que alguien descubriera quién era en realidad.
La amistad con aquel viejo bruto y bonachón se torció una tarde de vino, en un pueblo perdido, cuando me dijo al oído lo que pensaba hacer conmigo.
Siempre fui el niño bonito, el delgadito de ojos verdes. Hasta que crucé la puerta de un gimnasio y alguien me miró como nadie me había mirado nunca.
Subió la escalera delante de mí, sin nada debajo del camisón, y supe que de esa casa no iba a salir siendo el mismo de antes.
Me depilé entera, me puse la peluca rubia y crucé la provincia con la mochila llena de ilusiones. Lo que no llevaba era el corazón blindado, y ese fue mi error.
Llevaba semanas pensando en ella cada noche, hasta que esa cena terminó en el asiento del auto, con su mano buscando lo que yo apenas lograba esconder.
Cada noche llegaba un coche distinto a la casa de enfrente y las luces se apagaban, todas menos una. Esa madrugada me acerqué a la ventana y ya no pude dejar de mirar.
Cuando empecé a provocar a Diego dentro de la carpa, Camila tenía los ojos cerrados. Pero su mano ya se movía bajo la bolsa de dormir, y supe que no estaba dormida en absoluto.