La pareja del spa que despertó algo entre nosotros
La forma en que él la miraba en la piscina y la forma en que ella se rozó conmigo bailando bachata me hicieron entender que aquella semana cambiaría todo.
La forma en que él la miraba en la piscina y la forma en que ella se rozó conmigo bailando bachata me hicieron entender que aquella semana cambiaría todo.
La puerta de la enfermería se abrió y supieron que estaban perdidas. Pero la conversación que siguió cambió por completo lo que la teniente y la hija del capitán esperaban.
Cuando se probó el brasier nuevo, las manos de su cuñada no buscaban acomodarlo. Buscaban averiguar cuánto podía resistir Sofía sin apartarlas.
Le tendí el portátil a mi marido con la carpeta abierta. Veintitantos correos de hombres que jamás imaginaron que su directora les enviaría algo así.
El vibrador zumbaba dentro de mí mientras él controlaba el ritmo desde la mesa del fondo. Sabía exactamente qué clase de hombres traería a casa esa noche.
Cuando Ricardo me explicó qué quería hacer conmigo y con sus cinco amigos en la casa de campo, debí decirle que no. Lo pensé seis días antes de aceptar.
Cerró la puerta de la consulta, bajó la persiana y le miró con una sonrisa que no era profesional. Mateo no había venido al hospital por eso.
Cuando doña Hilda abrió la puerta y nos miró de arriba abajo, supe que esa noche junto al fuego nos costaría mucho más que un techo seco.
Tres goles esa tarde. Por la noche, su mensaje cambió todo. Subir a su suite o arrepentirme toda la vida de haberme portado bien.
Cuando le metí la mano debajo de la remera, sentí los ojos de su mejor amiga clavados en mí desde el sillón. Y en lugar de frenar, me excité más.
Pensé que todos dormían cuando me metí desnudo en la piscina. Hasta que escuché la puerta de la cocina y vi su silueta acercándose, sin prisa por desviar la mirada.
Subir a un auto desconocido y ofrecer mi boca como pago era el plan. Pero cuando los pinos se movieron, supe que esa tarde alguien iba a ver más de lo que yo había pagado.
Llevábamos meses en una rutina cómoda. Aquella tarde en el pinar, con otra pareja a tres metros, mi novia decidió que ya estaba bien de esperar a que yo lo hiciera todo.
Bajé hasta el colchón del piso, me tapé con la sábana y empecé a torturarlo en silencio. No imaginaba que la puerta de mi cuarto se abriría en el peor momento.
La primera vez que entré en su casa supe que algo cambiaría. No imaginé que esa misma noche me regalaría unas bragas negras y un nombre nuevo que aún guardo en el fondo del cajón.
Lo planeé desde el primer minuto en que la vi entrar al ático. Cada propuesta era más cara que la anterior, y ella, sin saberlo, ya había dicho que sí con la mirada.
Llevaba tres días sin dormir bien, repitiendo en mi cabeza cada detalle de aquella noche con él. Esa mañana, con el café enfriándose, descolgué el teléfono.
Solo iba a probarme unos vaqueros. Ella estaba al otro lado de la cortina, con una sonrisa que no era la que se le pone a un cliente cualquiera.
Era la última fila del cine de verano. Cuando el chico de al lado levantó un pico de la chaquetilla, supe que mi cuerpo de diecinueve años ya había decidido por mí.
Aquel sábado se acercó a corregirme la postura sin que se lo pidiera. Para el lunes, ya teníamos un trato silencioso y yo había elegido la tanga adecuada.