El secreto de Valentina con su suegro
Rodrigo sabía que quitarle la mujer a su propio hijo era imperdonable. Pero cuando Valentina lo miró a los ojos por primera vez, entendió que no había vuelta atrás.
Rodrigo sabía que quitarle la mujer a su propio hijo era imperdonable. Pero cuando Valentina lo miró a los ojos por primera vez, entendió que no había vuelta atrás.
Natalia y yo compartíamos habitación. Solo eso. Pero cuando apagamos la luz y nuestros cuerpos quedaron a centímetros, los planes cambiaron.
Estábamos haciendo abdominales y entonces lo vi. No era mi hijo en ese momento, era un hombre. Y ese pensamiento me persiguió durante días.
Mis amigas me dejaron sola frente al fuego. Podría haberme sentido abandonada. En cambio, me pregunté si sería capaz de conquistarme a mí misma.
Dos chicos de veinte años colándose en casa de la vecina mientras se duchaba. Lo que ocurrió cuando los descubrió fue algo que ninguno olvidaría jamás.
Llevaba meses siendo invisible para mi marido. Cuando el técnico llamó a la puerta esa tarde, algo en mí decidió que no iba a dejar pasar la oportunidad.
Le pedí que se pusiera la falda más corta que tenía y esperara al repartidor. Yo me escondí detrás del sillón. Lo que pasó después superó todo lo que habíamos imaginado.
Tenía veintiún años y nunca había estado con una mujer trans. Valentina cambió eso en una sola noche con su cuerpo, su calma y su manera de guiarme sin juzgarme.
Llevaba la lencería más atrevida y ganas de que alguien me notara. Cuando él apareció entre los jardines y me vio cruzada de piernas, supe que la semana iba a ser distinta.
El profesor frenó bajo los árboles y metió la mano bajo mi falda. Era la primera vez que alguien me tocaba así, y no quise que parara.
Cuando la vi tumbada al sol en el jardín, sin la parte de arriba del bikini, entendí que ese verano iba a ser diferente a todo lo que había vivido.
Marcos llegó puntual con su traje oscuro, oliendo a colonia cara. Cuando cerré la puerta del departamento, supe que los dos estábamos a punto de cruzar una línea.
Fui a llevarle un encargo a mi suegra y terminé con las manos en algo que no era el tobillo. No puedo arrepentirme de nada.
Entró al confesionario a hablar de sus sueños. Cuando salió de la sacristía, ya no era la misma. Tenía dieciocho años y acababa de descubrir lo que su cuerpo llevaba meses pidiéndole.
Valeria y yo llevábamos días dando rodeos hasta que, solas junto a la piscina, empecé a contarle todo: lo del permiso de Marcos, lo de los clientes, lo de la playa.
Llevábamos semanas de miradas y roces en el gimnasio cuando Bruno me invitó a cenar. No esperaba lo que me iba a pedir sentado frente a mí, con Nadia esperando en el cuarto.
Cuando Valeria preguntó ¿cuándo empezamos? con esa sonrisa, entendí que la noche no tendría marcha atrás. Y ya no quería que la tuviera.
Una apuesta, alcohol y años de amistad. Esa noche, Adrián y Marcos descubrieron que algunos límites no están donde uno cree.
Llevábamos semanas escuchándonos a través de las paredes. Esa noche ella apareció en el salón con un camisón blanco y una sonrisa que no tenía nada de inocente.
Nunca imaginé que Mamá Noel me llamaría a su habitación esa noche. Lo que ocurrió entre nosotras dos superó todos mis sueños eróticos juntos.