Tres mujeres en mi cama, y yo sin haberlo pedido
Me despertaron a las tres de la mañana. Sentí el perfume de mi mujer, luego el de Rebeca. Y entonces unos dedos que no reconocí empezaron a moverse bajo las sábanas.
Me despertaron a las tres de la mañana. Sentí el perfume de mi mujer, luego el de Rebeca. Y entonces unos dedos que no reconocí empezaron a moverse bajo las sábanas.
Llevaba años tratando mentes ajenas sin poder acercarse a nadie. Hasta que la muñeca llegó, y con ella, la obsesión que lo consumiría.
Cuando mis padres se fueron al pueblo, mi tío Andrés se quitó el bañador y me preguntó si me molestaba. No me molestaba. Para nada.
Esa noche, después del masaje, mi madre se mordió el labio, me miró fijo y me pidió que me acurrucara con ella. No hizo falta decir nada más.
Valeria me esperaba en la cocina con una camiseta que apenas la cubría y una sonrisa que ya no era la de mi hermanita. Yo intentaba no mirar. No pude.
Marcos era el único hombre en el pueblo que no había cerrado los ojos. Perforó la madera con un clavo y puso el ojo. Lo que vio no lo abandonó jamás.
Llevaba años buscando a alguien dispuesta a mirarme de verdad, no a través de una pantalla. Cuando Lucía dijo que sí, entendí que ese día no lo olvidaría.
La primera noche ya lo oyó todo a través de la pared. Cuatro días después cenaban juntos. Lo que pasó después nadie lo había planeado.
Valentina estaba tumbada en la cama con un top turquesa y una braga de encaje. Cuando me miró con esa sonrisa, algo en mí se rompió.
Me arreglé para el jaripeo no por la fiesta, sino por aquel jinete moreno de mirada penetrante que olía a tabaco y a campo y me había dicho que su montada me la dedicaba a mí.
Sonó el timbre justo cuando empezaba a aburrirme de mi vida perfecta. Era él, el vecino que mi marido odiaba, con una excusa torpe y una mirada que no lo era.
Cuando entré a la oficina del director aquella tarde, supe que la pregunta no era si aceptaría su trato. Era cuánto estaba dispuesta a entregar por una corona que ya no me importaba.
Después del mejor sexo de mi vida, ella me sirvió café y me lanzó una fantasía que jamás imaginé. Yo solo asentía mientras pensaba en quién podría ser el otro.
Sus ojos detrás de las gafas llevaban años persiguiéndome desde el otro lado de la barra. La tarde que le rocé la muñeca, supe que también esperaba algo.
Llevaba doce años fingiendo que aquella tarde en su piso no había significado nada. La barra libre de mi propia boda demostró lo contrario.
Cuando llegué al hotel pensaba que solo serían fotos. No sabía que en esa habitación me esperaban dos hombres y una decisión que cambiaría todo.
Bajé por agua de madrugada y escuché su voz desde la habitación. No estaba sola. Y lo que vi después me cambió para siempre.
Cuando me agarré a su cintura en la primera curva, supe que esa noche no iba a comportarme como la mujer de su padre. Era diez años más joven que él.
Bajó a la cocina con la camiseta oversized y el pelo revuelto del sueño, y desde ese instante el aire entre los dos olía a algo que ya no era familiar.
Cuando me incliné a propósito y vi cómo me devoraba con la mirada, supe que esa noche, sola en mi habitación, no podría dormir sin terminar lo que él había empezado.