La novia falsa que encendió sus celos de verdad
Cuatro años de hormonas le habían dado el cuerpo que quería. Esa noche, vestida para él, descubrió que sus celos eran más reales que cualquier papel que pudieran fingir.
Cuatro años de hormonas le habían dado el cuerpo que quería. Esa noche, vestida para él, descubrió que sus celos eran más reales que cualquier papel que pudieran fingir.
La mirada de Marcos me atravesó como no lo había hecho nadie en años. Esa tarde, sola en el baño del trabajo, supe que necesitaba más.
Bruno se llevaría a los padres a la ciudad y yo me quedaba sola. Lo que nadie esperaba era que la sobremesa del domingo terminara así.
Llevábamos tres años como amantes cuando me hizo esa propuesta. Quería verme con otro. Y saber que estaba mirando cambió todo lo que sentí esa noche.
Si nos hubieran dicho esa mañana que íbamos a terminar en una habitación con espejo en el techo, ninguno de los dos lo habría creído.
Cuando entré en aquel bar y escuché su voz presentándose, algo dentro de mí se desplomó. No fue deseo. Fue rendición absoluta.
Doce años de amistad y una mirada que lo decía todo. Cuando la boda terminó, Valeria cruzó la puerta de la suite y nadie le pidió que se fuera.
Él tardaba en cambiarse. Ella esperaba afuera. Y un grupo de turistas pasó por el lugar equivocado en el momento perfecto.
Levanté el puño para tocar el timbre y la puerta se abrió antes de que mi nudillo rozara la madera. Él llevaba horas contando mis pasos en la calle.
Llevaba meses fantaseando con rendirme ante alguien que supiera tomar el control. No imaginé que lo encontraría un viernes en la barra de un bar.
Mintió delante de todos en el estacionamiento para subirse a mi coche. Antes de salir de la ciudad, ya había buscado mi mano. Y yo tampoco quería volver a casa así.
La brisa nocturna, dos porros encendidos y la certeza de que todos dormían. Solo faltaba que uno dijera en voz alta lo que ambos pensábamos.
Cuando abrí la puerta y lo vi allí plantado, con la gorra entre las manos y la entrepierna apretada, entendí al instante por qué mi padre lo había enviado.
Cuando empujé la puerta del cuarto sin pensar, la toalla se le escurrió hasta el piso y nuestros ojos se cruzaron en el espejo durante un segundo demasiado largo.
Me lancé al lago sin pensarlo dos veces. Cuando salí del agua, mi ropa, mis botas y mi mochila habían desaparecido. Estaba sola y desnuda en la selva.
Caminé doce kilómetros con los tacones rotos y las medias ensangrentadas, decidida a confesarle algo que jamás debí sentir.
Cuando se giró en la barra, el corazón se me paró. Era él, diez años después, con otra mujer del brazo y esa sonrisa que nunca dejé de recordar.
Cuando entró desnuda al agua humeante del onsen, supe que el viaje de negocios más importante de mi carrera acababa de torcerse para siempre.
La reconocí en la cima del cerro. Siete años sin verla, y ella me miró como si supiese que ese sábado yo iba a estar ahí. Lo que vino después no debí dejar que pasara.
Llevábamos cuatro años intercambiando miradas en ese bar. Ella con sus gafas, yo sin saber qué hacer con todo lo que sentía cada vez que me servía.