Lo que hicimos contra la puerta sin despertar a nadie
Caminé descalza por el pasillo y apoyé la frente en la puerta del cuarto. Sabía que él vendría detrás. Y sabía exactamente qué iba a hacerme allí.
Caminé descalza por el pasillo y apoyé la frente en la puerta del cuarto. Sabía que él vendría detrás. Y sabía exactamente qué iba a hacerme allí.
Rodrigo le presentó a sus tres amigos. Cada uno traía un sobre y un regalo. Valentina los miró y dijo que ya podían empezar.
Cuando subí a su coche esa mañana no sabía que iba a terminar el día con dos hombres distintos dentro de mí y un secreto imposible de contarle a mi novio.
El lunes solo descubrió que no podía quitarme los ojos de encima. El viernes me dio la llave de la biblioteca y me citó a las seis.
Cuando cerré la puerta y los vi a los dos mirándome en silencio, supe que esa noche iba a cruzar una línea que llevaba semanas deseando.
El maletero abierto, el valle en llamas al fondo y él preguntando si me ponía follar ahí. Esa tarde fue exactamente lo que ninguno de los dos esperaba.
Una cala escondida, un mirador sobre el mar y una apuesta: él tenía un minuto para hacerla llegar antes de que los pillaran.
Era solo un juego para hacer amigas, pero cuando ella preguntó si podía venir esa noche, entendí que habíamos cruzado una línea que yo quería cruzar.
Me quité el tacón por debajo del mantel y, mientras él sonreía despistado, empecé a recordarle quién tenía el control esa noche.
Lo agregué sin pensarlo. Leí todo lo que publicó. Nunca le di un like. Tres años después, sigo sin atreverme a escribirle, pero lo pienso cada noche.
Tenía veintiún años y llevaba meses mirándome de una forma que yo fingía no notar. Esa noche mi hijo se fue a la cama y nos quedamos solos.
Dos mujeres separadas, un departamento demasiado ordenado y un mazo de cartas que nadie tendría que haber encontrado esa noche.
Doce personas que nunca se habían visto, una casa con piscina en el campo y dos noches sin ropa. Yo lo monté todo. Nadie se fue decepcionado.
Cuando colgué el teléfono, la madre ejemplar ya había muerto. Solo quedaba la mujer dispuesta a entrar a esa suite con vestido morado y tacones.
Llevaba catorce años mintiendo con el cuerpo. Aquella tarde en la camilla de Lucía, por primera vez, dejé de fingir.
Siempre me habían gustado los hombres. Eso creía yo, hasta la noche que mi amiga me miró de una forma diferente y algo dentro de mí respondió sin que yo lo decidiera.
Hacía un mes que no podía sacarme de la cabeza aquel rincón del Industria. Esa madrugada decidí volver, pero esta vez no iría sola.
Sonó el teléfono mientras etiquetaba mercancía nueva. Era ella, otra vez, con la voz baja de quien no quiere que la escuchen del otro lado de la pared.
Mi marido me dejo sola con la mudanza. El encargado tenia manos firmes, mirada directa y algo entre las piernas que no me dejo pensar con claridad.
Subí las escaleras con un seis pelado en la mano y la rabia en la garganta. No sabía que aquella tarde, en su despacho, iba a aprender lo que ningún chico de mi edad me había enseñado.