Mi profesor me citó en la biblioteca después de clase
Cuando me llamó a su escritorio y me pidió que dejara de distraerlo, supe que el viernes mi tanga no iba a volver a casa conmigo.
Cuando me llamó a su escritorio y me pidió que dejara de distraerlo, supe que el viernes mi tanga no iba a volver a casa conmigo.
Andrés estaba de viaje y yo llevaba puesta mi falda nueva. Cuando sonó el timbre y vi a mi tío en la puerta, supe que mi secreto había terminado.
Desde que me subí al coche, sus ojos volvían al espejo una y otra vez. Era obvio que me miraba. Decidí hacer algo al respecto.
La vio entrar y algo se detuvo en su pecho. No supo explicarlo, pero desde ese instante solo pudo pensar en ella.
Cuando la vi en la puerta, supe que esa cena no iba a terminar como cualquier otra. Vera tenía esa mirada que lo decía todo sin decirlo.
Bajé al aeropuerto con un vestido rojo demasiado ajustado y un secreto entre las piernas. Esa noche el rojo se nos metió en la piel, en la boca, en todo.
Ella llegó sin avisar al inicio del semestre y desde el primer día me miró sin vergüenza. No supe cuándo empecé a necesitar que lo hiciera.
Iba caminando sola cuando Ernesto se asomó por la ventana del camión y me llamó por mi nombre. Debí seguir de largo, pero algo en su voz me detuvo.
Marcos tenía el cuerpo que yo tenía a su edad. Esa noche, con todos durmiendo, noté que algo más que el calor nos separaba en esa cama estrecha.
Caminaba sin rumbo cuando alzó la cabeza desde un segundo piso y me sostuvo la mirada como si supiera, antes que yo, que terminaríamos enredados en sus sábanas.
Me pidió un rapidito mientras escribía. Salió del baño oliendo a él y yo me puse las medias de encaje. Lo demás todavía me lo saboreo.
Cuando se desabrochó el botón del pantalón en el asiento del copiloto, supe que esa tarde no iba a llegar a casa por el camino más corto.
Valentina vio el bulto bajo los shorts y no lo ignoró. Se puso de pie, miró a los lados para confirmar que la sala estaba vacía, y se acercó despacio.
Reservé el camarote para mí sola, pero el Danubio tiene una forma de disolver fronteras que ningún mapa puede predecir.
Era solo un recado: llevarle la plata al mecánico. Pero cuando subí esa escalera de metal y entré a la oficina, supe que esa mañana no iba a terminar como había empezado.
Tenía veintiséis años y nunca había hecho nada parecido. Entré a esa sala con las manos temblorosas y salí siendo otra persona.
Cuando lo escuché abrir la puerta, llevaba tres meses imaginándome ese momento. Lo que no imaginé fue cómo me iba a desarmar con su barba rozándome la piel.
Yo tenía cuarenta y ella cincuenta y dos. Bastó verla acomodarse la ropa creyéndose sola para que el aire de aquella casa se volviera irrespirable.
Solo llevaba un abrigo largo y botas de tacón. Su único plan era sentir las miradas de extraños recorriéndole el cuerpo mientras fingía hacer la compra.
Bajé al evento solo por la banda, pero terminé sentada sobre las piernas del único hombre del salón al que llevaba semanas evitando con la mirada.