La amiga de la novia que no quería marcharse
Rodrigo no la echó cuando se quedó la última. Sofía tampoco quiso pedírselo. Los tres lo sabían, sin decirlo, desde que se cerraron las puertas del salón.
Rodrigo no la echó cuando se quedó la última. Sofía tampoco quiso pedírselo. Los tres lo sabían, sin decirlo, desde que se cerraron las puertas del salón.
Cuatro semanas sin verlo. Cuatro semanas intentando borrar el recuerdo de otras manos. Esa noche, Abril se convirtió en alguien que no reconocía.
Bajó las escaleras con esos pantalones de cuero y supe que la noche sería complicada. Cuando la tuve pegada a mi espalda en la moto, olvidé que era la mujer de mi padre.
Encontré un juguete escondido en su cajón y supe que no era solo tristeza lo que le faltaba. Era algo que solo su propia familia podía darle.
La espiaba desde mi ventana mientras tendía la ropa en la terraza. Esas tetas enormes, esa sonrisa cómplice. Sabía que la miraba y nunca dijo nada... hasta aquel martes.
Vine a pasar la noche en su departamento y terminé desnuda en el sofá mientras su mejor amiga nos miraba desde el sillón, sin moverse y sin decir una sola palabra.
Empujé la puerta esperando encontrarla dormida; la encontré con la tanga cerca de la boca y los ojos abiertos, esperándome sin pudor.
Cuando le dije que se dejara llevar, no imaginé que esa noche Valeria iba a convertirse en la protagonista más inesperada de toda la reunión.
Hacía meses que no salía. Me puse el vestido negro, fui al evento sola y no imaginé que esa noche iba a terminar entre dos hombres.
Veinte años de uniforme almidonado y nunca había temblado en un pasillo. Esa noche, con la cubeta de hielo en las manos, supe que iba a romperme.
Preparamos la cena juntos entre besos furtivos. Ninguno imaginó cómo terminaría esa noche de películas en el sofá cuando descubrió mi costumbre secreta.
Llevábamos meses conversando por mensajes, pero hasta esa noche en el cumpleaños de la abuela nunca había sentido sus curvas pegadas a las mías.
El calor de julio, una cerveza helada y sus manos ásperas. A los cuarenta y dos, descubrí que el deseo no tiene edad ni vergüenza.
Cerró con llave, se sentó en el escritorio y me miró con unos ojos verdes que no juzgaban nada. Yo todavía tenía la respiración agitada.
Cuando salí de su habitación convertida en Valentina, el sonido de mis tacones en el pasillo me dijo que ya no habría marcha atrás.
Llevaba semanas con esa sensación insoportable de necesitar ser poseída. Una noche decidí actuar: me maquillé, me vestí de provocación y fui al encuentro de un desconocido bien dotado.
Apenas salimos del estacionamiento, ella ya tenía la mano bajo la ropa. «Busca un camino donde podamos parar», me dijo con los ojos cerrados.
Llegó a casa dos horas antes de lo previsto y la encontró en el cuarto con los ojos cerrados y la mano entre las piernas. Ese fue el momento en que todo cambió.
Cuando apagué el motor en aquel camino sin salida, ella ya se había bajado el cinturón y abierto el botón del pantalón. Y no habíamos cruzado una sola palabra.
Cuando me asomé a la ventana para descansar un momento, los vi en la piscina. Desnudos, besándose, completamente ajenos al mundo. Entendí que ese año iba a ser muy distinto.