Mi vecina me esperaba a cuatro patas en su jardín
Eran las tres de la tarde y ella estaba a cuatro patas en el zacate, descalza, con esa cosa balanceándose por encima de la cintura del pantalón.
Eran las tres de la tarde y ella estaba a cuatro patas en el zacate, descalza, con esa cosa balanceándose por encima de la cintura del pantalón.
Mis amigos me preguntan por qué desperdicio el verano en un pueblo perdido. Si supieran lo que pasa cuando cierro la puerta de la casa del viejo.
Su cremallera estaba bajada. Yo, arrodillado en la oscuridad del camión, levanté la mirada y entendí que esa orden no tenía nada que ver con etiquetas.
Aquella tarde junto a la piscina, los pechos desnudos de su cuñada le encendieron una llama que ya no podría apagar antes del amanecer.
Le dije a mi novio que solo bailaría con las chicas, pero cuando vi ese nombre en la pantalla, mi cuerpo decidió por mí antes de que mi cabeza pudiera detenerlo.
Carolina se mudó con Rodrigo hace tres semanas. Yo escribo esto desde la casa vacía, sentado en la cama donde dormíamos los dos. Y, durante un año entero, los tres.
Cuando se probó el brasier nuevo, las manos de su cuñada no buscaban acomodarlo. Buscaban averiguar cuánto podía resistir Sofía sin apartarlas.
Cuando me desató, lo primero que vi fue la mesa de madera con grilletes en cada esquina. Los tres me miraban como si supieran exactamente qué iba a pasar después.
Tres minutos para bajar desnuda. No lo hizo. Ahora su padre cruza la habitación con la mirada de quien ha esperado este momento durante años.
Camila ya estaba sobre la cama cuando entré. Me miró con esa sonrisa de quien sabe algo que tú aún ignoras, y entonces el Amo cerró la puerta detrás.
Pensé que íbamos al motel a estar juntos. Cuando me dijo que arriba había seis hombres esperándome, el corazón me golpeó la garganta.
Cuando saqué el frasco de cristal del cajón de mi madre, ya sabía que esa tarde iba a cruzar una línea de la que no pensaba volver.
Cuando entré al piso once, los cuatro me esperaban con copas en la mano. Sobre la mesa, cuatro sobres y cuatro cajas. Sebastián sonrió: esa noche cobraría caro.
La primera vez que entré en su casa supe que algo cambiaría. No imaginé que esa misma noche me regalaría unas bragas negras y un nombre nuevo que aún guardo en el fondo del cajón.
Lo planeé desde el primer minuto en que la vi entrar al ático. Cada propuesta era más cara que la anterior, y ella, sin saberlo, ya había dicho que sí con la mirada.
Llevaba tres días sin dormir bien, repitiendo en mi cabeza cada detalle de aquella noche con él. Esa mañana, con el café enfriándose, descolgué el teléfono.
Aquel sábado se acercó a corregirme la postura sin que se lo pidiera. Para el lunes, ya teníamos un trato silencioso y yo había elegido la tanga adecuada.
Cuando giró la cabeza en la cumbre, supe que era ella. La chica de aquella fiesta. Siete años después, su mirada todavía me reclamaba lo que nunca terminé.
Subió tres pisos hasta una puerta sin cartel pensando que sabía qué venía a hacer. Lo que descubrió en esa sala no estaba en ningún anuncio.
Crucé el salón pensando en mi cama. Lo que no esperaba era encontrarlo a él de pie, con esa sonrisa nueva y algo escondido detrás de la espalda.