La noche que un desconocido me hizo su esclava
Perdí el último metro y empecé a caminar. No vi el coche negro hasta que ya era demasiado tarde y su voz en mi oído decía: quieta, no te muevas.
Perdí el último metro y empecé a caminar. No vi el coche negro hasta que ya era demasiado tarde y su voz en mi oído decía: quieta, no te muevas.
Cuando vi la silla preparada con ese objeto enorme sobresaliendo del asiento, supe que la noche no sería una cena normal.
La vela ardía a dos centímetros del alambre. Solo necesitaba aguantar un minuto sin moverse y la marca sería suya. Natalia no dudó ni un instante.
Fui a visitar a mi sumisa, pero fue su criada quien abrió la puerta. Algo en su mirada me hizo olvidar para qué había venido exactamente.
Cada ciudad nueva es una posibilidad. Me llamo Valeria, viajo sola y llevo una vida que muy pocos conocen. Esto es lo que pasa cuando apago el teléfono.
Cuando le dije que había sido una niña mala, ya sabía lo que vendría. La até, la castigué y tomé lo que era mío. Ella solo pedía que no parara.
Pidieron ser marcadas. Valeria fue la primera en hablar. Cristina asintió. Lo que vendría después de la llama no se parecía a nada que hubieran imaginado.
Todo el campus envidiaba al chico que el grupo de Rebeca había adoptado. Nadie sabía lo que le costaría ser de las suyas.
Cuando la hermana del bravucón buscó a Valeria en el gimnasio, traía una sola petición: que le enseñara a poner al tirano en su sitio. Esa noche, lo hizo de rodillas.
Tenía setenta años y un cuerpo que desmentía cada uno. Cuando me dijo al oído que llevaba diez años sin que nadie la tocara, supe que la noche aún no había terminado.
Sandra tomó las botellas de vino, me miró y susurró: «Va a hacer falta, créeme». Su sonrisa era la de alguien que ya sabe cómo va a terminar la noche.
Me mandó una foto que solo se podía ver una vez. Cuando la abrí en el coche, frente a su portal, supe que esa noche iba a ser muy diferente.
Cuando ellas llegaron al edificio, mi vida gris encontró un foco. Lo que no esperaba era que ese foco terminaría consumiéndome por completo.
Fui a Madrid para hacer camas y fregar suelos. Nadie me advirtió que también aprendería a arrodillarme ante dos mujeres que lo decidirían todo sobre mí.
La puerta se abrió y Nadia me miró de arriba abajo con una sonrisa lenta. Detrás, Raquel cruzó los brazos. —Habla —dijo—. ¿Qué quieres?
Nunca lo hablamos, nunca lo discutimos. Él acababa en ella y giraba la cabeza hacia mí. Eso era suficiente para saber lo que tocaba.
Llega, me da la vuelta y me baja el pantalón. Sin decir nada. Así empezó todo, y así sigue funcionando desde entonces.
Entré a su cuarto esperando lo peor y salí con la certeza de que nunca volvería a verme los pies de la misma manera.
Se apoyó en el mostrador, me miró directamente y me propuso ir a su hotel. A mis treinta y ocho años pensé que ya no me pasarían estas cosas.
Cuando apagó las luces del pasillo y cerró la puerta, entendí que no íbamos a hablar de mi expediente. Algo había cambiado en el despacho.