Esa noche Valeria me trató exactamente como quería
Mi respiración se agitó sola cuando esa escena apareció. Valeria tenía la mano en mi muslo y lo sintió todo antes de que yo dijera una palabra.
Mi respiración se agitó sola cuando esa escena apareció. Valeria tenía la mano en mi muslo y lo sintió todo antes de que yo dijera una palabra.
Sofía cruzó la sala con el condón en la mano. Marcos se quedó paralizado, sin saber si lo que sentía era celos, dolor o algo que le daba vergüenza reconocer.
Llevaba tres años trabajando con él. Sabía exactamente lo que era, lo que fingía ser. Ese fin de semana en el resort, Rodrigo iba a conocerse de verdad.
Entró sola al bar porque no quería preguntas de sus amigas. No esperaba encontrar dentro a su profesora de instituto, ni lo que pasaría después.
Entré al salón y lo encontré esperándome con algo detrás de la espalda. Esa sonrisa me dijo antes que él que la noche no iba a ser normal.
Adrián tiró de su pelo, Daniela le tapó la boca, y el cuerpo de la guardaespaldas dejó de obedecerle. Ahí supo que la rendición tenía otro precio.
Cuando don Alberto me miró de esa forma por primera vez, supe que algo en mí no era lo que los demás creían. Esa tarde lo confirmó.
Desperté atado y desnudo en un sótano que no conocía. Lo último que recordaba era el bar y a Daniela prometiéndome pruebas. La trampa había funcionado a la perfección.
Tomás llevaba un año sin tocar a una mujer. Mi marido lo sabía cuando lo invitó a cenar. Y yo me puse la tanga roja sabiendo lo que iba a pasar.
La primera vez que me lo dijo, pensé que bromeaba. La segunda, ya tenía la mano en mi nuca empujándome hacia donde ella quería que fuera.
Lo que empezó como un juego de seducción inocente se convirtió en sumisión total. Yo era el ama del juego, hasta que dejé de serlo.
Esa tarde junto a la piscina, ella se quitó la parte superior del bikini y todo cambió entre ellos. La tensión que llevaban días ignorando ya no tenía vuelta atrás.
La peluca, el vestido y los tacones estaban en el cajón de mi escritorio. Mi jefe lo sabía desde hacía meses. Y eso cambiaba todo lo que pasaba entre nosotros.
Apenas se sentó en mi cama y cerró la puerta, soltó el suspiro de siempre. Tres palabras: pasó otra vez. Y supe que esa noche el mate iba a enfriarse mientras me lo contaba todo.
Lo había rechazado mil veces, le había llamado patito feo delante de todos. Cuando abrí los ojos, mis muñecas colgaban de una barra y él tenía un látigo.
Crucé el océano con mis dos posesiones para entregarles Venecia como jaula. Bajo el brocado de los vestidos, dos motores vibraban al ritmo de mi pulgar.
El mensaje llegó a media tarde. Tres palabras: «Pruébatelos. Foto.». Subí al dormitorio y abrí el cajón donde él guarda los bikinis.
Mi marido creía que todo se había arreglado con besos y promesas. Pero esa noche aprendí que la verdadera traición no requiere cuerpos, sólo palabras precisas y una sonrisa cruel.
Le mandé un mensaje a mediodía y volví a las nueve, marcada como un trofeo. Mateo me esperaba arrodillado sin saber lo que iba a oler.
Lo escuché con paciencia y le sonreí. No iba a discutirle la fantasía. Iba a llevársela hasta el último rincón, justo donde él nunca se atrevió a mirar.