La noche que decidí dejarme ver por un desconocido
La toalla resbaló mientras me ponía crema. Sentí que alguien podría estar mirando desde las sombras del edificio de enfrente. No busqué las cortinas.
Historias de miradas furtivas y placeres ocultos
La toalla resbaló mientras me ponía crema. Sentí que alguien podría estar mirando desde las sombras del edificio de enfrente. No busqué las cortinas.
Llegamos con condones, lubricante y ganas de todo. La orgía prometida nunca ocurrió, pero lo que Marcos me hizo delante de los desconocidos fue mejor.
Marcos casi se atragantó cuando le conté lo que había hecho. Lo que vino después superó cualquier fantasía que hubiéramos imaginado en seis años juntos.
Salí del apartamento con mi hijo mayor convencida de que era la decisión correcta. La cámara ya estaba puesta. Solo quedaba esperar y mirar.
Apenas cerró la puerta del taxi, sus manos ya estaban debajo de mi blusa. Lo que vino después lo vio el chofer desde el espejo, sin perder detalle.
Fui a su casa creyendo que iba a hacer una buena obra. Encontré mis fotos en su celular, y lo que hice después no se lo he contado a nadie hasta hoy.
Cuando me desperté de la siesta, la casa estaba en silencio. Hasta que oí los gemidos en el cuarto de invitados y supe que esa tarde no terminaría como debía.
Cuando subimos a su hermano a la cama, ya no se movía. Camila empezó a quitarle los zapatos, después el cinturón, después algo más.
Cuando empujé la puerta del cuarto, mi tía no estaba sola. Ya era tarde para volver atrás, y demasiado pronto para marcharme.
Cuando se abrió la pantalla, mi cuñada recibía a sus dos parientes en el salón con una sonrisa que jamás le había visto en los almuerzos del domingo.
Esa madrugada bajé por agua y los vi por la rendija. A la mañana siguiente, mi cuñada subió con dos tintos y una sonrisa que no era inocente.
Le quitaron el suéter de colegiala y, al ver el fénix tatuado en su brazo, sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Le había pedido a mi padre una sola cosa: que se quedara sentado y mirara. No imaginé que él tampoco podría dejar de mirarme cuando el cliente entrara.
Cuando el icono del sistema parpadeó esa noche, supe que mi suegro tenía otro show preparado, pero esta vez la chica que entraba en la sala era su hija.
Cuando bajé a desayunar, ella estaba fregando los platos sin un solo hilo de ropa encima, y yo supe que ese fin de semana íbamos a perder la cuenta de las veces.
Una cámara escondida detrás de los libros, dos hermanos dispuestos a compartirlo todo y una novia con una sonrisa demasiado franca para resultar inocente.
Subí las escaleras sin hacer ruido y me detuve frente a la puerta entreabierta de mi recámara. Adentro, mi hijo embestía a su novia sobre mis sábanas.
La pantalla parpadeó sola y ahí estaba ella, esperándolo. No imaginé que esa tarde la iba a ver hacer lo que yo apenas me atrevía a pensar.
Yo me masturbaba pensando en ella cuando empujó la puerta sin avisar, recién duchada y sin una sola gota de ropa encima. Lo que vino después no debería contarse.
Cuando se agachó a estirar la sábana y se le subió el vestido, Mateo se quedó duro mirándole los muslos a mi mujer. Y yo entendí que ya no había vuelta atrás.