La madrugada en que vi a mi hermano salir desnudo
Pensé que era un ladrón. Pero el hombre desnudo contra el portón, a las tres de la madrugada, era mi propio hermano. Y alguien más me miraba desde el segundo piso.
Historias de miradas furtivas y placeres ocultos
Pensé que era un ladrón. Pero el hombre desnudo contra el portón, a las tres de la madrugada, era mi propio hermano. Y alguien más me miraba desde el segundo piso.
Cuando aceleré en la primera recta, ella ya tenía la mano entre las piernas. La falda subida hasta las caderas. Y los coches que nos pasaban no sabían dónde mirar.
Hay un rincón del rancho donde el roble tapa el sol y los matorrales tapan todo lo demás. Esa tarde, fui yo quien quiso ser tapada por unos ojos ajenos.
Salí a fumar a oscuras y lo vi: agazapado tras la palmera, con la mirada clavada en la ventana donde ella se desvestía sin saber que la miraban dos.
El cliente nos observaba desde la butaca mientras Heider me apretaba el cuello y Damián esperaba turno. Yo había firmado para ser la víctima esa noche.
Cuando salí del baño esa tarde, lo vi sacar la mano de entre sus pantalones. Y el televisor estaba más bajo que de costumbre. No fue casualidad.
Cuando me incliné a atarme las botas, sus ojos cayeron directo al escote. No dije nada. Le dejé mirar. Y descubrí cuánto me gustaba sentirme observada.
Llevábamos casi un año hablando por WhatsApp sin habernos visto nunca. Esa tarde, en la habitación del hotel, se sentó frente a mí y empezó a quitarse la ropa.
Desde el despacho del piso de arriba, él ajustó el zoom. En la cocina, ella se acomodó la pretina del vaquero sabiendo que el timbre estaba por sonar.
Abrí las cortinas, encendí la lámpara del rincón y supe que él estaría asomándose desde la terraza vecina. Esa noche íbamos a darle algo que no se atrevería a pedir.
Llevábamos horas tomando cerveza alrededor de la pileta. Cuando entré a la casa buscando hielo, los gemidos venían de adentro y no eran de ella sola.
La cama crujía al ritmo de unos gemidos contenidos. Caminé descalzo hasta la rendija de la puerta de Camila, y lo que vi me dejó clavado al piso una hora entera.
La toalla apenas me cubría cuando llamé a la puerta del vecino del séptimo. Aceptó ayudarme a abrir mi departamento solo si dejaba caer lo único que me quedaba encima.
Me vestí para volar la cabeza a mi novio. Quien abrió la puerta fue su hermano mayor, y sus ojos me recorrieron entera antes de saludarme.
Quería gastarle una broma encendiendo las velas frente a la caseta. Cuando empujamos la puerta nadie reía: mi hijo estaba contra el mueble y el padre de su amigo no paraba.
Por el cristal de la puerta vi cómo movía el brazo despacio, recostado en la silla, y supe que mi tarde acababa de cambiar para siempre.
Cuando entré, él estaba en el sillón despierto, con la cobija sobre las piernas y los ojos clavados en mí. Caminé al cuarto y dejé la puerta apenas recargada.
Subí al tercer piso para chismear y terminé encerrada en un armario, espiando una madrugada que no debía conocer y que cambiaría todo lo que pensaba del deseo.
Cuando el primero se acercó al coche, mi mujer ya tenía la falda subida y la blusa abierta. Lo que vino después lo vi todo desde un sillón, vaso en mano, sin respirar.
Cada video suyo era una mentira: hablaba de energía sexual sin haber tocado a un hombre. Bajé las escaleras dispuesto a desmontarle el numerito de una vez por todas.