Mis fantasías secretas de un largo fin de semana
Mientras mi marido dormía, yo tenía la mente encendida. En el hockey, en las fiestas familiares, en la cocina a solas: mis fantasías no me daban tregua.
Historias de miradas furtivas y placeres ocultos
Mientras mi marido dormía, yo tenía la mente encendida. En el hockey, en las fiestas familiares, en la cocina a solas: mis fantasías no me daban tregua.
La primera vez que Camila salió sin ropa interior, creí que era casualidad. Cuando bajé el vestido sobre sus caderas mientras conducía, entendí que no lo era.
Mientras ella bailaba pegada a un desconocido que le metía mano sin disimulo, yo pedí otra copa y me pregunté si estaba listo para verlo todo.
Valeria llevaba minifalda sin ropa interior. Los hombres dormidos en la calle la miraban sin disimulo. Yo observaba desde el baúl de la camioneta, completamente excitado.
Llevábamos toda la boda intercambiando miradas. Cuando me susurró que quería mostrarme algo, pensé que era una broma. No lo era.
Caminó toda la tarde entre pies ajenos que no podía tocar. En casa, Laura lo esperaba con los suyos sucios de asfalto y una sonrisa que era una orden.
Valeria llevaba semanas preparando el baile. Yo sabía que iba a pasar, pero verla ahí, con ese liguero, rodeada de cuatro hombres hambrientos, fue otra cosa.
Fui a la fiesta de Andrea con los nervios a flor de piel. No esperaba encontrar a su madre: una mujer madura de cuerpo perfecto y mirada de fuego que me atrapó desde el primer segundo.
Llevar tres sillas plegables a un callejón de madrugada fue idea de ella. Lo que pasó después me dejó mirando desde afuera, con la boca seca y el corazón acelerado.
Cuando entré a la sala y vi que había 198 personas desnudas esperando mi señal, entendí que había cruzado un límite del que no quería volver.
Cuando levanté el pulgar en la carretera, lo único que quería era llegar a casa. Cuando noté sus ojos en el retrovisor, cambié de idea por completo.
Silvia cabalgaba sobre mí cuando vi la figura en el umbral. Mi padre. Desnudo. Mirándola fijamente, con una mano en movimiento que no dejaba lugar a dudas.
Los hermanos me rodearon en el establo y me contaron lo que nadie del pueblo sabía. Su hermana era de todos. El padre daba la orden. Y yo tenía dieciocho años y ojos muy abiertos.
Él apareció entre las dunas, se detuvo a mirar y no se fue. Nosotros seguimos, y él también. Así empezó el juego más excitante que hemos tenido.
La tienda estaba vacía y el chico era joven. Yo llevaba días imaginando ese momento exacto y no pensaba desaprovecharlo.
Esa semana entera dormimos mal. Sabíamos lo que nos esperaba el sábado, y esa certeza convertía cada noche en un anticipo de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar en voz alta.
Tumbada en la cama del hotel con la venda puesta, escuchas cómo alguien entra en la habitación. No sabes si es hombre o mujer. Solo sabes que os mirabais en la app hace una hora.
Cuando le pedí que me lo contara otra vez, sus ojos se cerraron, su voz bajó hasta convertirse en un susurro mojado contra mi cuello, y supe que aún la quemaba por dentro.
Llevaba años llenándole la cabeza con la idea, hasta que el viaje a la playa nos dio el escenario perfecto. Lo que no esperaba era el nombre que ella iba a pronunciar.
Bajamos los pantalones frente a los otros cuatro y, cuando él se inclinó sobre mí, supe que esa tarde no iba a salir de aquel salón siendo el mismo.