Espié a mis compañeros de piso una noche sin luz
Bajé al baño una noche sin electricidad convencido de estar solo en la casa. La luz de un celular iluminaba la cocina y entendí por qué los dos venían tan raros.
Historias de miradas furtivas y placeres ocultos
Bajé al baño una noche sin electricidad convencido de estar solo en la casa. La luz de un celular iluminaba la cocina y entendí por qué los dos venían tan raros.
A las dos de la mañana, en aquella sala con luces rojas, dejé de fingir que solo había venido a acompañar a mi marido. Estaba mirando. Y me estaba gustando demasiado.
Crucé miradas con él en la cafetería del área de servicio. Supe que iba a seguirme al baño, y supe que de ahí no iba a salir igual que había entrado.
Había cinco asientos vacíos en el bus y aun así eligió el mío. Sonrió, se acomodó el chal sobre el regazo, y supe que algo iba a empezar antes de salir.
Compré una entrada para la primera función del martes con un plan claro en la cabeza y un abrigo doblado en el bolso. No iba al cine a ver la película.
Cuando la vi arrodillada entre los arbustos del parque, supe que esa noche revisaría su celular. Lo que encontré cambió todo lo que pensaba hacer después.
Llevaba semanas observándome desde su mesa de la esquina, con esa calma que me desordenaba algo por dentro. Cuando se sentó frente a mí en mi descanso, no vino sola.
Las gafas oscuras nos dieron el permiso perfecto: él miraba a las chicas en topless, yo miraba a los hombres, y los dos sabíamos lo que vendría después.
Esa mañana decidí salir sin nada bajo la falda. No quería que me tocaran, solo que me miraran. Y en la heladería del segundo piso alguien lo notó.
El cólico me obligó a volver antes del parque. Me asomé a la ventana lateral pensando entrar por ahí sin hacer ruido. Lo que vi me dejó pegado al vidrio.
Vi al chofer mirarnos por el retrovisor y, en vez de cubrirme, dejé que me bajara el top. A las tres de la mañana, mi ex y yo éramos un espectáculo gratis.
Era el director invisible de una obra prohibida: vi a mi mujer transformarse frente al pintor sabiendo que yo la espiaba desde el otro lado de la cámara.
La cerveza nos había puesto cariñosos y la terraza parecía vacía. Hasta que vi el destello de unos prismáticos enfocándonos desde la colina.
Salí a la terraza con la bata desabrochada, sin saber que alguien me observaba desde el edificio de enfrente. Cuando lo vi, decidí no taparme.
Eran las tres cuando su mano se posó sobre la mía bajo las cobijas. Su primo dormía a medio metro y mi corazón latía tan fuerte que pensé que despertaría a toda la casa.
Subimos a la terraza para escapar de la música y fumar tranquilos. Bruno cerró la puerta detrás de mí, me miró fijo y dijo que había una prueba si quería pertenecer.
Solo quería terminar lo que la arena de la playa había empezado, pero verlo ahí cortando el pasto fue una invitación que no supe rechazar.
Cuando levanté la vista entre los pastos, dos faros se apagaron a treinta metros. Adentro del coche, una sombra inmóvil no dejaba de mirarnos.
Sabía que todos me miraban cuando dejé caer el vestido. Lo que no esperaba era que uno se levantara, caminara hasta el agua y se atreviera a hablarme.
Aquella tarde de calor le escribí a un seguidor al azar y le ofrecí algo nuevo: dejar que me viera entera en el agua, sin nada encima, mientras mi novio sostenía la cámara.