El verano tabú de mi abuela, mi madre y yo
Tenía 18 años. Nunca me hubiera imaginado que un viaje con mi abuela y mi madre terminaría así. La tormenta llevaba dos días sin parar.
Historias de miradas furtivas y placeres ocultos
Tenía 18 años. Nunca me hubiera imaginado que un viaje con mi abuela y mi madre terminaría así. La tormenta llevaba dos días sin parar.
Llegó mirando el suelo, abrochada hasta el cuello. Fue ella quien dio las instrucciones en cuanto cerraron la puerta del cuarto seis.
Cuando nadie nos veía, él metió la mano bajo mis mallas y me propuso la apuesta más excitante que me han hecho en mi vida.
Cuando Damián le susurró al oído que podía tenerme, algo en la mirada de Mateo cambió. La timidez desapareció y yo dejé de ser quien llevaba el juego.
Cuando Iván se bajó los pantalones frente a todos, supe que iba a pasar algo que no podríamos olvidar. Éramos cinco en el salón y la película ya no importaba.
Cuando Lucía me susurró su fantasía de cumpleaños, supe que no habría vuelta atrás: quería ser subastada entre nuestros amigos más cercanos una noche entera.
La primera noche en el piso nuevo oí a la vecina del otro lado del tabique. Tuve que levantarme al baño a acabar mientras Laura dormía.
Cada jueves tenía la casa para mí solo. Hasta que una noche los pasos en el pasillo lo cambiaron todo: no era la empleada, era mi mujer.
El sobre llegó a la redacción con un sello de lacre rojo. Dentro, una propuesta que olía a pecado y a un dinero imposible de rechazar para cualquier matrimonio.
Sabía lo que él haría si creía que estábamos solos. Lo que no podía prever era que mi marido lo estaba viendo todo desde el otro lado del cristal.
Me ataron en el parque a plena luz del día y nadie pasó a ayudarme. Lo habían planeado bien, mucho mejor que yo.
Estaba ahí, con la cubeta de champagne en las manos, escuchando cada gemido, cada crujido de la cama. Y no fui capaz de alejarme.
Mi marido tenía un plan: llevarme a una tienda y dejar que el vendedor me pusiera las manos encima. Solo había una regla: él fingiría no ver nada.
Mi abuela tomó la decisión, como siempre. Yo solo seguí el instinto. Lo que ocurrió en esa cabaña durante la tormenta sigue siendo solo nuestro.
Cuando frenamos junto a ellos, la chica ya movía las caderas con una canción. Mateo llevaba las uñas pintadas. Ese viaje no iba a terminar como habíamos planeado.
Cuando le dieron al play al DVD equivocado no imaginé que acabaría cabalgando a mi novio con sus tres compañeros de piso a menos de un metro, pajeándose.
Leí la carta en el camerino con las manos temblando. La oferta era indecente, la cifra obscena. Se la enseñé a mi marido esperando su furia; me sonrió y me dijo que aceptara.
El yate estaba anclado, el sol caía sobre la cala y nadie en cubierta hablaba ya de cifras. Todos sabíamos para qué habíamos subido a bordo.
Lo que empezó como una salida a comprar ropa provocativa terminó con las manos de un extraño en mis nalgas, mientras mi esposo sonreía detrás de él.
Estoy dentro de ella y mi mente ya está en otro lugar. No soy yo quien la está follando en mi cabeza. Siempre es el mismo desconocido.