El verano en que mi prima cruzó la línea con nosotros
La Camila de las gafas grandes y la ropa holgada había desaparecido. En su lugar, una mujer que cortaba el aliento. Mi hermano y yo nos miramos sabiendo que ese verano sería distinto.
La Camila de las gafas grandes y la ropa holgada había desaparecido. En su lugar, una mujer que cortaba el aliento. Mi hermano y yo nos miramos sabiendo que ese verano sería distinto.
La casa estaba vacía y las cortinas cerradas. Era el momento perfecto para lo que nadie debía saber. Hasta que escuché la llave en la cerradura.
A las once éramos dos amigos viendo fútbol. A las dos de la madrugada estaba arrodillada frente a él, decidida a cumplir hasta el último detalle de la apuesta.
Llegué al chalet con un vestido discreto, sin saber que mi cuñado me esperaba en bermudas y que mi suegro tenía algo más que un refresco preparado.
Subí al taller con el sobre en la mochila, los anteojos negros y la pollera al viento. Esa mañana yo no sabía que iba a salir de ahí siendo otra.
Cuando bajé del ascensor con la tanguita ya empapada y el vestido pegado al sudor, supe que aquel tequila no iba a quedarse solo en tequila.
Cuando llegó a la fiesta con ese vestido, supe que algo iba a pasar. Nadie imaginó que terminaríamos los cuatro en su apartamento enseñándole todo.
Subí la escalera de metal con la pollera pegada al cuerpo y la mochila llena de billetes, sintiendo todas las miradas del taller trepando por mis piernas.
Bajé al bar del hotel diciéndome que era solo para tomar algo. Sin bragas. Con la blusa desabrochada. Todavía sin entender si lo elegí yo o él lo decidió por mí.
Él me lo pidió en voz baja antes de que me pusiera los zapatos. Junté las plantas de mis pies y lo miré. Lo que vino después duró todo el día.
Dejé el coche a media cuadra para no hacer ruido. La puerta estaba sin seguro y las luces apagadas. Lo que encontré al fondo del pasillo cambió todo.
A las once de la noche bajé al lobby en pijama por un paquete. Lo que no sabía es que el hombre que lo traía se quedaría a charlar.
Llevaba semanas evitándolos a todos. Los quería con las ganas bien acumuladas para ese fin de semana. Al salir del trabajo el viernes, lo tenía todo planeado.
Tenía la cubeta de champagne en una mano y la otra apoyada contra la madera, intentando convencerme de que solo escuchaba para asegurarme de que todo estuviera en orden.
Llevaba meses mirando el rincón oscuro de su dormitorio. La muñeca equivocada que le mandaron era lo más parecido a una compañía que había tenido en años.
Subí la escalera de metal sin atreverme a mirar abajo. Sabía que varios ojos intentaban colarse entre mis piernas, y todavía me faltaba la peor parte del mandado.
Llevábamos años saliendo juntos sin que pasara nada. Esa noche en el club algo cambió: su cuerpo pegado al mío en la pista, y ninguno de los dos hizo nada por parar.
Era una broma, una apuesta tonta entre amigos. Pero cuando Brasil ganó por diez puntos, supe que mi boca tendría que cumplir lo prometido.
Lo organicé yo misma: una noche de jacuzzi con mi amiga y mi novio. Pero a las tres de la madrugada desperté con algo que nunca esperé ver.
Cuando crucé su puerta con las esposas en el bolsillo, creí que tenía el control. En diez minutos estaba de rodillas y él sostenía la correa.