La liquidación de esclavos que no olvidaré
Llevaba semanas queriendo un cuerpo solo para mí, sin caprichos ni voluntad propia. El complejo tenía exactamente lo que buscaba. Solo tenía que elegir bien.
Llevaba semanas queriendo un cuerpo solo para mí, sin caprichos ni voluntad propia. El complejo tenía exactamente lo que buscaba. Solo tenía que elegir bien.
Cuando mi madre me llamó para decirme que estaría sola ese fin de semana, no imaginaba lo que tenía pensado para mí esa noche.
Llevábamos meses juntos cuando una noche, fumando en el sofá, me dijo lo que de verdad le ponía. Tres semanas después no fui capaz de decirle que no.
Bajo el agua de la ducha, sus dedos terminaron lo que él había empezado en aquella sala. Y supo que tres días no iban a ser suficientes.
Entrenó a dos esclavos durante meses hasta quebrarlos. Cuando llegó el comprador, ella no imaginaba que el collar le quedaba perfecto a su cuello.
Una pelirroja bailaba descalza en la cala vacía mientras su novio cambiaba la canción. Dos socios casados cruzaron una mirada y supieron que esa noche habría peaje.
Era la primera vez en semanas que tenía la casa para mí sola. Supe desde el primer segundo exactamente lo que iba a hacer con esas horas.
Cuando Mateo salió del agua con el bañador empapado, supe que mi esposa no dejaría pasar esa tarde sin morder algo que no le pertenecía.
Llevaba años cargando mi mochila en el coche con toda mi lencería dentro, por si acaso. Ese jueves por fin llegó el momento.
Cuando mi marido cerró la puerta a las tres y me encontró en la cocina con el té entre los dedos y el encaje negro pegado al cuerpo, supe que no iba a quedarse callado.
Cuatro sobres con dinero, cuatro regalos sobre la mesa. Valentina sabía exactamente cuánto valía, y esa noche se lo iban a demostrar.
Cuando vi su nombre en la pantalla, el estómago se me apretó. Dos semanas recordando su boca y sus manos, y ahí estaba de nuevo, como si nada.
Bajé al lobby del hotel en pijama a buscar un paquete y me encontré con él: un hombre enorme con manos del tamaño de mi cabeza y una sonrisa que no era del todo inocente.
Mientras él describía cómo envolvía a sus amantes en film transparente, yo cruzaba las piernas y fingía que el vino era la razón de mi calor.
Cuando entró en aquella habitación oscura de la mano de un desconocido, supe que tenía dos opciones: dar media vuelta o seguirla. Tomé la peor de las dos.
Salí a hacer unos trámites con el chico de mi primera vez. No imaginé que terminaría el día llenada dos veces y sin haberme corrido ninguna.
A las 4:23 de la mañana recibí una llamada. Me dijeron que mi solicitud había sido aprobada. No recordaba haber solicitado nada. Pero me vestí antes de terminar de pensar.
Llevaba tres días contando los minutos hasta el próximo jueves. Tres días sabiendo que esta vez, si la sala se quedaba vacía, no iba a poder parar.
Llevaba meses mirándolo en los vestuarios sin atreverme. Esa tarde, cuando me preguntó si quería subir a su casa, supe que era ahora o nunca.
Cuando Rodrigo cruzó la puerta, Valentina lo miró con esa calma de quien sabe exactamente lo que tiene entre manos, y esa noche él tampoco era inocente.