La ventana sin cortinas del piso de enfrente
Tres semanas mirando antes de entender que ella también miraba. Esa noche giró la cabeza, sonrió al cristal, y supe que llevaba meses esperándome.
Tres semanas mirando antes de entender que ella también miraba. Esa noche giró la cabeza, sonrió al cristal, y supe que llevaba meses esperándome.
Cuando me dijo que me pusiera el vestido corto y los tacones, supe que esa noche no íbamos solo a cenar. Íbamos a un sitio del que solo habíamos hablado en susurros.
Tengo 41 años y aquella madrugada acepté la invitación de una pareja jovencísima a un local de ensayo. Lo que pasó cambió mi idea del deseo.
Me dije a mí misma que solo era curiosidad. Subí cuatro fotos, puse mi nombre falso y esperé a ver si todavía me miraban. Esa misma semana apareció Matías.
Subí al despacho con la excusa del dolor de cabeza, pero lo único que me dolía era la curiosidad por saber qué harían en la piscina cuando creyeran que no los miraba nadie.
Siempre me saludaba con una distancia educada y un beso en la mejilla. Esa noche, en mi sillón, su sostén cayó al suelo y comprendí que la maestra correcta no existía.
Llevaba dos días con cuarenta de fiebre cuando oí su voz al otro lado de la pared, dándole órdenes al vecino que tantas veces me había sonrojado en el ascensor.
Tres desconocidos nos miraban con descaro desde la piscina, y yo todavía no sabía que mi novia y yo saldríamos de allí con un secreto cada uno.
Le dejé la tanga en su mano con un beso y crucé el salón hacia el desconocido al que me había desafiado a seducir. Cuando volví, mi marido ya no era el mismo.
Cuando levanté la vista entre los pastos, dos faros se apagaron a treinta metros. Adentro del coche, una sombra inmóvil no dejaba de mirarnos.
Aquella noche la dejé en la puerta del bar con su antiguo amante, me senté tres mesas más allá y vi cómo se besaban como si yo no estuviera ahí, observando cada gesto.
Aquella noche de septiembre, su marido había salido con sus colegas y ella se creía sola. Yo, en la terraza contigua, descubrí mucho más que una vecina aburrida.
Cuando subí al coche con el vestido y nada debajo, supe que el verdadero viaje empezaba en el primer semáforo, no al llegar al hotel.
Trepé al limonero por una sombra cualquiera. Cuando aparté las hojas, la vecina dejaba correr el agua por su espalda y el sol le caía sobre la piel mojada.
En el banco del parque, Lucía agitaba la pierna sin parar. Sus rodillas, tensas, parecían saber algo que ella aún no terminaba de admitir.
Subí al bus con falda corta y sin brasier. Cuando me senté detrás del chofer, noté que el retrovisor no apuntaba al pasillo: me apuntaba a mí. Entonces decidí ponerlo a prueba.
Cuando volvió del baño sin ropa interior puesta, supe que esa noche íbamos a cruzar una línea que ninguno de los dos querría borrar.
Cuando Damián me ofreció el cuerpo de su modelo, supe que la cuenta iba a llegar. Y llegó, sobre su cama, con las muñecas atadas a la espalda.
Me desperté con su mano sobre la mía, pasándola por su pecho. Ella creía que yo seguía dormida; yo decidí, en ese instante, dejarla seguir.
Lo único que iba a hacer esa noche era cenar liviano y dormir. Hasta que él entró con la bandeja, miró mi ropa interior y soltó la frase que cambió todo.