Mi novio nos miró toda la tarde sin tocarnos
La calentura del ascensor seguía encendida cuando entramos al departamento, y mi novio ya se había acomodado en una silla, dispuesto solo a mirar.
La calentura del ascensor seguía encendida cuando entramos al departamento, y mi novio ya se había acomodado en una silla, dispuesto solo a mirar.
Cada vez que salía de aquel piso se juraba que era la última vez. Y al día siguiente volvía con la falda más corta, lista para complacerlo otra vez.
Cuando mi amiga abrió la bolsa no había ningún uniforme: solo unas alas, un liguero y unas medias de red. Y el tráiler ya estaba esperando para salir.
Llevaba años imaginándolo, pero seguía siendo virgen de atrás. Aquella tarde de diciembre, en la habitación de un motel, por fin dejé que cruzara esa última frontera.
Nunca le dije lo que imaginaba por las noches mientras ella dormía a mi lado. Esta es la confesión que llevo callando desde que llegamos a esa ciudad.
Llevaba años tragándome sus provocaciones y haciéndome el amigo paciente. Esa tarde de agosto, en su balcón frente al mar, algo dentro de mí se rompió.
Reservamos el hotel para descansar, pero lo que llevaba en la mochila tenía otros planes para esa noche de frío y lluvia.
No llevaba nada bajo la pollera cuando golpeé la puerta de aquel vagón oxidado. Solo quería a un hombre. No imaginaba que el capataz aparecería a poner sus reglas.
Llevábamos treinta años cruzándonos por casualidad. Aquella tarde de lluvia, en la cola de la farmacia, ella me miró distinto. Y yo también.
Me entrenaron para complacer y obedecer, pero esa puerta entreabierta despertó algo distinto: una chispa de desafío que ni las esposas frías contra mi piel lograron apagar.
Sé que no debería, pero cada vez que camino sola de madrugada lo busco con la mirada: ese desconocido que me arrincone contra la pared y no me pida permiso.
Esperaba un esposo enclenque al que despreciar. Cuando el rey se inclinó a besarle la mano, la punta de su lengua le rozó la piel y supo que se había equivocado.
Llegó a la guarida convertido en poco más que un esqueleto encadenado. La loba prometió enseñarle lo que significaba servirle... y él aprendió mejor de lo que ella esperaba.
Desperté sin un rasguño en una cama que no era la mía, curada por un desconocido de belleza imposible. Lo que no me dijo fue lo que esa cura le había hecho a mi cuerpo... y a mi deseo.
Pensé que era la recepcionista volviendo por un olvido. Era ella, con esa sonrisa que nunca significaba nada inocente, y el cerrojo girando a su espalda.
Pensé que era un juego inocente de miradas en el semáforo. No imaginé que un sábado por la mañana iba a tocar su puerta con la excusa más torpe del mundo.
Siempre supe que mi madre era distinta a las demás, pero hasta esa madrugada no entendí cuánto, ni hasta dónde estaba dispuesto a llegar yo.
Tardé dos semanas en admitir que quería que volviera a pasar. Y una madrugada, en vez de huir, me senté en aquella escalera y los esperé.
Lo escuché por teléfono decir «esta vieja ya está lista». Tendría que haberme ofendido. En lugar de eso, sentí que me mojaba entera contra la barra.
Su novio jugaba con el móvil a un metro mientras ella entornaba la cortina del probador y, cada vez que se desnudaba, comprobaba con la mirada que yo seguía allí.