Le leí en voz alta la escena más caliente del libro
Estaba en pijama, con el café a medias y una novela ardiente entre las manos, cuando escuché su llave en la puerta y supe que esa mañana no terminaría con la lectura.
Estaba en pijama, con el café a medias y una novela ardiente entre las manos, cuando escuché su llave en la puerta y supe que esa mañana no terminaría con la lectura.
La teniente apuntó su fusil al ser grisáceo. Un segundo después estaba desnuda ante sus dos compañeros, y eso era apenas el principio de la noche más larga de su vida.
Su mujer me llamó «la amante» durante años. Pero yo nunca lo fui. Fui su trabajadora sexual, y esta es la verdad que ella nunca quiso escuchar.
Me descubrió mirando esos vídeos a sus espaldas. En lugar de enfadarse, sonrió y preguntó: «¿De verdad quieres que otro me folle delante de ti?».
Sabía que estaba sola en la finca con él. Me vestí para que no pudiera mirar hacia otro lado, y crucé el jardín dispuesta a conseguir lo que quería.
Creí que tenía la situación controlada. Creí que un viejo sin fuerzas no podía hacerme nada. Esa fue mi primera equivocación de la mañana.
Me mojé al ver su erección en la pantalla, pero no fue por lo que mostraba: fue por saber que mis palabras la habían provocado. Y supe exactamente lo que quería hacerle.
Sabía que mi hermana deseaba lo mismo que yo cada vez que le contaba mis historias. Esa tarde, junto a la pileta, dejé de contárselas para mostrárselas.
Cuando subió al taxi de confianza con un vestido corto y nada debajo, ni ella ni el conductor imaginaban hasta dónde llegaría el juego frente al espejo retrovisor.
No pensaba irme lejos. Mientras ella creía que estaba a kilómetros, yo miraba cada gesto suyo en la pantalla del teléfono, a dos cuadras de casa.
Pensé que estaban todos dormidos, pero al final del pasillo a oscuras había una escena que me clavó al piso y de la que no pude apartar la vista.
Tres semanas mirando antes de entender que ella también miraba. Esa noche giró la cabeza, sonrió al cristal, y supe que llevaba meses esperándome.
Cuando me dijo que me pusiera el vestido corto y los tacones, supe que esa noche no íbamos solo a cenar. Íbamos a un sitio del que solo habíamos hablado en susurros.
Tengo 41 años y aquella madrugada acepté la invitación de una pareja jovencísima a un local de ensayo. Lo que pasó cambió mi idea del deseo.
Me dije a mí misma que solo era curiosidad. Subí cuatro fotos, puse mi nombre falso y esperé a ver si todavía me miraban. Esa misma semana apareció Matías.
Subí al despacho con la excusa del dolor de cabeza, pero lo único que me dolía era la curiosidad por saber qué harían en la piscina cuando creyeran que no los miraba nadie.
Siempre me saludaba con una distancia educada y un beso en la mejilla. Esa noche, en mi sillón, su sostén cayó al suelo y comprendí que la maestra correcta no existía.
Llevaba dos días con cuarenta de fiebre cuando oí su voz al otro lado de la pared, dándole órdenes al vecino que tantas veces me había sonrojado en el ascensor.
Tres desconocidos nos miraban con descaro desde la piscina, y yo todavía no sabía que mi novia y yo saldríamos de allí con un secreto cada uno.
Le dejé la tanga en su mano con un beso y crucé el salón hacia el desconocido al que me había desafiado a seducir. Cuando volví, mi marido ya no era el mismo.