Mi infidelidad en Medellín empezó con una apuesta
Cuando el árbitro pitó el final del partido supe que no había vuelta atrás: tendría que cumplir la apuesta delante de mi amiga, en plena barra del bar.
Cuando el árbitro pitó el final del partido supe que no había vuelta atrás: tendría que cumplir la apuesta delante de mi amiga, en plena barra del bar.
Le pregunté inocentemente si había sido su mejor amante. Su risa fue la primera señal de que no debía haber abierto la boca aquella madrugada.
Cuando Esteban subió primero esa noche, Carolina me miró desde la puerta esperando mi aprobación. Sabía que iba a verla con otro y era exactamente lo que quería.
Por el cristal de la puerta vi cómo movía el brazo despacio, recostado en la silla, y supe que mi tarde acababa de cambiar para siempre.
Años de amistad y yo mirando lo que nunca debí mirar. Una noche tomé una decisión que lo cambió todo entre nosotros para siempre.
Se apoyó en el mostrador, me miró directamente y me propuso ir a su hotel. A mis treinta y ocho años pensé que ya no me pasarían estas cosas.
Abrí la carpeta por error. Lo que encontré dentro me dejó paralizado frente a la pantalla: Elena, dos hombres y una escena que no debería haber visto.
Los dos teníamos pareja. Los dos sabíamos que cruzábamos una línea. Y aun así, cada noche volvíamos al chat para decirnos todo lo que no podíamos hacer.
Cuando ayudamos a Rodrigo a acostarse y Andrés se quedó detrás de mí, supe que aquella noche no iba a terminar como debía.
Sus dedos subieron despacio por mis muslos. Supe entonces que ese masaje iba a ser algo completamente diferente a lo que había pedido.
Tenía cuarenta y seis años, mujer, amantes y una vida perfectamente ordenada. Entonces lo vi salir del baño y no pude apartar los ojos. Eso fue el principio.
Una apuesta, alcohol y años de amistad. Esa noche, Adrián y Marcos descubrieron que algunos límites no están donde uno cree.
Cuando Rodrigo llegó con «él», tardé varios minutos en entender que ese cuerpo perfecto y esas caderas pertenecían a un hombre. Esa noche todo cambió.
A las doce en punto sonó el timbre y supe que ya no había marcha atrás: ella había aceptado, ellos venían por ella, y yo había prometido quedarme en la silla mirando.
Eran las dos de la madrugada, el vino se había acabado y ellos seguían mirándome. Debería haberles dicho que se fueran.
El vestido rojo, la maleta en la puerta y la mirada de una mujer que ya había decidido. Natalia le dijo que volvería el domingo. Si él quería.
Cuando bajé la vista vi que sostenía el condón más grande entre los dedos. No era para mí. Y sin embargo no fui capaz de irme.