Aquel miércoles en el cine porno cambió todo
Era miércoles y aproveché la hora del almuerzo para escaparme. Lo que iba a ser una mirada curiosa terminó con su mano en mi nuca y un sabor nuevo en la boca.
Era miércoles y aproveché la hora del almuerzo para escaparme. Lo que iba a ser una mirada curiosa terminó con su mano en mi nuca y un sabor nuevo en la boca.
El cliente invocó al señor de las tinieblas pidiendo riquezas y placer. La segunda sombra que llamé reveló un deseo que él jamás se había atrevido a nombrar.
Las dos copas de vino sobre la mesa baja y la luz tenue del dormitorio me anunciaron que aquella noche iba a ver algo que no debía haber visto jamás.
Hasta esa noche había sido completamente heterosexual. Bastó una película mal elegida, una almohada improvisada y la respiración de un desconocido en mi nuca.
Cuando las mujeres salieron al baño y me quedé a solas con él, su mirada cambió. Y descubrí algo de mí que no había admitido nunca.
Esa tarde en la playa supe que los cuatro nos miraban. Lo que no sabía era que esa noche todo lo que Roberto y yo habíamos imaginado iba a ocurrir.
Terminé mi turno, hacía un frío brutal en el andén, y el chofer me dijo que podía quedarme en su autobús para calentarme. No tenía idea de lo que vendría.
Cuando salí del agua, mi mochila había desaparecido. Mi ropa también. Y entre los helechos, dos ojos oscuros que yo aún no había visto.
Subí las escaleras de su edificio con el tanga ya empapado. No me imaginaba que ese desconocido iba a partirme en dos antes de la medianoche.
Esa madrugada, con la luz tenue de la lamparita, decidí contarle a Lucía la fantasía que llevaba meses guardando solo para mí.
Mi mejor amiga llegó empapada esa noche, con los ojos rojos de tanto llorar. Lo que pasó después de la tercera botella de vino no estaba en mis planes.
Llevaba semanas notando cómo me ponía nervioso cada vez que me corregía la postura. Esa mañana, con el gimnasio vacío, dejó de fingir que no se daba cuenta.
Pensé que era apuesta segura. Diego juraba que ningún cuerpo de mujer lo encendía. La cerveza estaba abierta cuando entendí que esa tarde no iba a haber farol.
El director me miró sin pudor: «Quítate el vestido, quiero verte en lencería». Dudé un segundo, pero la beca se acababa y necesitaba el dinero.
Pensé que sabía a lo que me exponía cuando empecé. Pero lo que algunos clientes me pidieron, lo que algunos hicieron, todavía me despierta de noche.
El sobre llegó a la redacción con un sello de lacre rojo. Dentro, una propuesta que olía a pecado y a un dinero imposible de rechazar para cualquier matrimonio.
Hace seis años entré al cuarto de mi hermano mayor una noche de agosto. No fui a hablar. Sabía exactamente lo que quería hacer.
Tengo veintiocho años y una lista de fantasías que casi nunca le cuento a nadie. Esta es mi confesión completa, sin filtros.
Era el novio de mi mejor amiga: guapo, tímido, religioso. Demasiado perfecto para que yo no hiciera algo al respecto.
Éramos ocho directivos en un velero al sol. La tensión llevaba meses acumulándose en la oficina. Cuando fondeamos en esa cala desierta de Menorca, ya no hubo vuelta atrás.