Mi mejor amiga me confesó lo que hacía en público
Nunca imaginé que detrás de esa carita tierna se escondían las anécdotas más atrevidas que escuché en mi vida. Y esa noche me las contó todas, una por una.
Nunca imaginé que detrás de esa carita tierna se escondían las anécdotas más atrevidas que escuché en mi vida. Y esa noche me las contó todas, una por una.
Cuando el timbre sonó, pensé que mis amigas habían pedido postre. Cuatro hombres entraron en mi salón y, por primera vez en años, dejé de pensar en mi ex.
Me quité las bragas, las dejé bajo su almohada y me arrimé a su espalda sin darle ni los buenos días. Tenía media hora antes de la primera tutoría.
Damián siempre cobraba veinte dólares. Esa tarde llegó con Camila al asiento del acompañante y la mirada cómplice de quien ya había hablado de mí con ella.
Apretados entre la gente, vi una mano subiéndole la falda. Ella me buscó con la mirada y, por dentro, yo tampoco quería que parara.
Tengo 33 años, llevo cuatro sola y hay una fantasía que se me repite cada noche cuando me toco. Hoy la cuento por primera vez.
Camila me susurró en el ascensor que no llevaba nada debajo. Cuando Diego abrió la puerta, supe que la tarde se nos iba a ir de las manos.
Me abrió la puerta con una musculosa blanca sin corpiño. Llevaba una semana hablándole por chat y, por fin, estaba en su departamento, temblando.
La conocía desde los diecisiete. Le había contado todo. Y aquella tarde, mientras le subía el cierre del vestido, entendí que también quería besarla.
Era miércoles y aproveché la hora del almuerzo para escaparme. Lo que iba a ser una mirada curiosa terminó con su mano en mi nuca y un sabor nuevo en la boca.
El cliente invocó al señor de las tinieblas pidiendo riquezas y placer. La segunda sombra que llamé reveló un deseo que él jamás se había atrevido a nombrar.
Las dos copas de vino sobre la mesa baja y la luz tenue del dormitorio me anunciaron que aquella noche iba a ver algo que no debía haber visto jamás.
Hasta esa noche había sido completamente heterosexual. Bastó una película mal elegida, una almohada improvisada y la respiración de un desconocido en mi nuca.
Cuando las mujeres salieron al baño y me quedé a solas con él, su mirada cambió. Y descubrí algo de mí que no había admitido nunca.
Esa tarde en la playa supe que los cuatro nos miraban. Lo que no sabía era que esa noche todo lo que Roberto y yo habíamos imaginado iba a ocurrir.
Terminé mi turno, hacía un frío brutal en el andén, y el chofer me dijo que podía quedarme en su autobús para calentarme. No tenía idea de lo que vendría.
Cuando salí del agua, mi mochila había desaparecido. Mi ropa también. Y entre los helechos, dos ojos oscuros que yo aún no había visto.
Subí las escaleras de su edificio con el tanga ya empapado. No me imaginaba que ese desconocido iba a partirme en dos antes de la medianoche.
Esa madrugada, con la luz tenue de la lamparita, decidí contarle a Lucía la fantasía que llevaba meses guardando solo para mí.
Mi mejor amiga llegó empapada esa noche, con los ojos rojos de tanto llorar. Lo que pasó después de la tercera botella de vino no estaba en mis planes.