Semana Santa: lo que le hice a ese hombre dormido
Aquella semana no debí haberme fijado en él. Pero cuando me abrazó por detrás en la piscina, supe que esa noche no iba a poder controlarme.
Historias reales contadas en primera persona
Aquella semana no debí haberme fijado en él. Pero cuando me abrazó por detrás en la piscina, supe que esa noche no iba a poder controlarme.
Salté la reja a las tres de la mañana, con el vestido roto y las medias ensangrentadas, solo para mirarlo a los ojos y preguntarle si yo no estaba inventándome todo.
Cuando él lo dijo en voz alta, el silencio duró exactamente tres segundos. Sentí miedo y deseo al mismo tiempo, y no supe cuál de los dos era más fuerte.
Subí la escalera de metal sin atreverme a mirar abajo. Sabía que varios ojos intentaban colarse entre mis piernas, y todavía me faltaba la peor parte del mandado.
Esa noche me preparé como nunca. Camila iba a llegar con su mochila y su sonrisa traviesa, y yo sabía exactamente lo que iba a pedirle.
Mis amigas llevaban años con experiencia cuando yo apenas había rozado a un chico. Esa noche en Medellín lo recuperé todo de golpe.
Bajó la copa, se me quedó mirando unos segundos largos y, sin decir una palabra, caminó hacia mi recámara. Yo ya sabía lo que ese silencio significaba.
Fui a aquella pensión como Tomás. La noche que don Federico me llamó Valeria por primera vez, ya no hubo manera de volver atrás.
Llevábamos meses sin tocarnos. Cuando por fin lo tuve sobre mí, supe que no íbamos a dormir esa noche, ni la siguiente, ni ninguna mientras pudiera evitarlo.
Cuando cerró con llave la puerta de la biblioteca, supe que mi pequeño juego de faldas y miradas acababa de cruzar una línea sin retorno.
Llevábamos años saliendo juntos sin que pasara nada. Esa noche en el club algo cambió: su cuerpo pegado al mío en la pista, y ninguno de los dos hizo nada por parar.
Era una broma, una apuesta tonta entre amigos. Pero cuando Brasil ganó por diez puntos, supe que mi boca tendría que cumplir lo prometido.
Salimos a buscar un callejón y volvimos con un secreto. Algunos viernes te cambian sin pedirte permiso.
Me susurró el número de su habitación al oído y se marchó. Me quedé con el café a medio terminar y el pulso latiéndome en la garganta.
Una puerta entreabierta fue el comienzo. Después vino el espejo que instalé en su cuarto para verla mejor, noche tras noche.
Estaba etiquetando mercancía cuando sonó el teléfono. Era ella otra vez, y la voz le temblaba un poco. Su marido doblaba turno el viernes y no quería esperar.
Lo organicé yo misma: una noche de jacuzzi con mi amiga y mi novio. Pero a las tres de la madrugada desperté con algo que nunca esperé ver.
Cuando bajé a por agua a esa hora absurda de la madrugada, ella sostenía la taza con la punta de los dedos y me miraba como si supiera lo que iba a pasar.
Sigo sola en la cama, con los dedos entre las piernas y la cabeza llena de aquella noche en que me metí debajo de su escritorio sin avisar.
Me dijo que cerrara los ojos, que tenía un chocolate para mí. Lo que sentí en mis labios no era exactamente chocolate.