Volví al cine gay y ya no pude parar
Entré solo al cine, con el corazón acelerado, y en pocos minutos ya tenía una mano ajena en el culo y los ojos clavados en hombres follando entre las butacas.
Historias reales contadas en primera persona
Entré solo al cine, con el corazón acelerado, y en pocos minutos ya tenía una mano ajena en el culo y los ojos clavados en hombres follando entre las butacas.
Bajamos del escenario riéndonos, pero en cuanto cerraron la puerta del apartamento nadie tenía ganas de seguir fingiendo.
Me masturbé en la ducha pensando en su regreso, pero no imaginé lo que haría conmigo apenas cerráramos la puerta del hotel.
Entré por curiosidad a aquella construcción vacía y salí con la boca llena, las piernas temblando y ganas de que entrara el siguiente.
Todo cambió la noche en que me ordenó mirarla a los ojos, obedecer sin discutir y aceptar que el control iba a ser suyo.
Pensé que aquella cena era una broma, hasta que vi a mi amante entrar del brazo de otra mujer y entendí que esa noche iba a mirar, tocar y aprender.
Acepté una cerveza con un compañero y acabé temblando en una cama de hotel, empapada, pidiéndole que no dejara de chuparme las tetas.
Arrodillada frente al sofá, con el móvil apuntándome, dejé de sentir vergüenza cuando entendí para qué quería recordar mi boca.
Después del almuerzo, me miró por encima del café y supe que esa tarde no iba a salir a correr, sino a follar con una desconocida.
Primero fue la jaula; después, las cadenas, las órdenes y un colchón sucio donde aprendí hasta dónde podía aguantar mi cuerpo.
Bajé al estacionamiento con las piernas temblando, todavía sudada, sin saber que esa tarde iba a dejar de temerle a su deseo.
Fui a enfrentar a la amante de mi ex y terminé mirando su cuerpo demasiado tiempo, imaginando todo lo que no debía desear.
La primera vez que Lucía cerró la puerta de aquel cuarto, creyó que por fin estaba eligiendo sola. Se equivocaba.
Bajamos a estrenar la piscina a solas, pero los gemidos subieron por toda la casa y la noche acabó mucho más lejos de lo que imaginé.
Con el plug dentro, las piernas tensas y un libro abierto sobre el pecho, aprendí que obedecer también podía mojarme hasta temblar.
Cerró la puerta temblando, pero cuando lo puse contra la pared entendí que no venía a disculparse: venía a que lo castigara de verdad.
Cada vez que abría mi puerta sin avisar, su mirada duraba un poco más. Yo empecé a dejarla abierta a propósito.
La primera vez solo quería calmarlo para que no saliera de casa, pero cuando lo tuve desnudo bajo mis manos entendí lo mucho que me excitaban los hombres maduros.
Bajamos por una cerveza para romper el hielo, pero en el ascensor su mano buscó la mía y supe que ya no había vuelta atrás.
Creí que íbamos a una carne asada con amigos, pero cuando vi a mi marido besar a otra frente a mí, entendí que esa noche iba a cruzar un límite.