Mi primera cita por la app y lo que pasó después
Llegué al motel diciendo que ya no quería, convencida de que iba a frenar todo. Lo que no sabía era cuánto me iba a gustar perder esa discusión conmigo misma.
Historias reales contadas en primera persona
Llegué al motel diciendo que ya no quería, convencida de que iba a frenar todo. Lo que no sabía era cuánto me iba a gustar perder esa discusión conmigo misma.
Tenía el mejor cuerpo que vi en mi vida y un único territorio prohibido. Creí que nunca me dejaría entrar, hasta esa madrugada en que volvimos a cruzarnos por la calle.
Crucé la mirada con una mujer al otro lado de la barra. Me sonaba muchísimo, pero no sabía de qué. Hasta que se acercó y dijo dos palabras que lo cambiaron todo.
Era martes, casi medianoche, y solo quedaba un sitio con las luces encendidas. No imaginé que la mujer que nos atendió decidiría cómo terminaba la noche.
Estoy desnuda bajo su camisa, acariciándome despacio, cuando lo descubro espiándome desde el otro lado del patio. Me hace una seña con la mano. Y yo, claro, voy.
Solo iba a probar una clase dirigida. No esperaba que su coche se detuviera delante de mí ni lo que vendría después, en una esquina del polígono.
Durante años dije que no sin pensarlo. Aquella noche, con su mano en mi espalda y su voz en mi oído, por primera vez me oí decir que sí.
Nunca pensé que una noche frente a la pantalla, con la voz de mi pareja al oído, terminaría desarmando todo lo que yo creía saber sobre mí misma.
Solo quería tomar algo y conocerlo. Cuando llegué a la habitación 308, entendí demasiado tarde que él tenía otros planes para esa tarde.
Salí a caminar por el sendero sin imaginar a quién me iba a cruzar. Nunca pensé que una caminata por el campo terminara así, y todavía me cuesta contarlo.
Toqué la puerta del baño con el corazón a mil. Sabía que solo iba a mirar. También sabía que me estaba mintiendo a mí misma.
Me levanté antes del segundo despertador. Sabía que, si jugaba bien mis cartas, los dos llegaríamos al trabajo con una sonrisa difícil de disimular.
Abrí la puerta sin avisar y ahí estaba ella, con la mirada clavada en la pantalla y un secreto que llevaba meses guardándose. Esa tarde por fin me lo contó.
Era mi primera semana y él me guiaba en todo. La última noche me invitó a descansar a una sala olvidada, y entendí demasiado tarde lo que de verdad quería de mí.
Acepté subir solo a buscar el bolso de una amiga. Cuando se giró con el torso desnudo y aquella toalla en la mano, supe que no iba a volver a bajar igual.
Siempre que me la imaginaba arrodillada frente a otro hombre algo se encendía en mí. Esa noche, en el motel, dejé de imaginarlo: ella estaba dispuesta a dármelo.
Cada vez que subo al coche me aseguro de llevar las pinzas sujetas al volante. Así empezó todo, una tarde de calor en la que no encontraba dónde había aparcado.
Mi amiga me prometió que esa noche cumpliría una fantasía que solo me había atrevido a confesarle a ella. Lo que no imaginé fue hasta dónde llegaríamos las dos.
Llevaba meses preparándome el mismo almuerzo sin que yo entendiera el mensaje. Esa tarde llegué a casa decidido a contestarle como ella esperaba.
Volví a casa con ganas de olvidar el peor día del mes. No imaginé que mi mejor amiga aparecería justo cuando menos podía disimular lo que estaba haciendo.