Mi mujer me pidió algo que no me atreví a negarle
Creía que llevábamos cinco años perfectos, hasta que entró en aquel local y eligió algo que dejaba claro que mi cuerpo ya no le bastaba.
Historias reales contadas en primera persona
Creía que llevábamos cinco años perfectos, hasta que entró en aquel local y eligió algo que dejaba claro que mi cuerpo ya no le bastaba.
Bajé del coche para sentarme delante y, en cuanto noté el bulto en su pantalón, supe que aquel taxi no me iba a llevar directa a casa.
Perdí a mis amigos, perdí el rumbo y, sin saber cómo, terminé arrodillado entre dos mujeres que acababa de conocer. Esto pasó de verdad.
Lo nuestro ya había terminado, pero esa noche de verano descubrí hasta dónde era capaz de llegar con tal de sentirlo otra vez dentro de mí.
Aquel vuelo nocturno empezó como una charla entre amigas y terminó con una confesión: en mi cama siempre hubo lugar para mi marido, para mi amante y, esa noche, para ella.
Llevaba semanas pensando en ella cada noche, hasta que esa cena terminó en el asiento del auto, con su mano buscando lo que yo apenas lograba esconder.
Solo iba a tomar una cerveza con ella mientras esperaba a la pareja con la que había quedado. Nunca había pisado un club así, y la curiosidad pudo conmigo.
Cada noche llegaba un coche distinto a la casa de enfrente y las luces se apagaban, todas menos una. Esa madrugada me acerqué a la ventana y ya no pude dejar de mirar.
Mi novio se fue de viaje treinta días y me prometí resistir. Duré quince. Lo que vino después me convirtió en alguien que ya no reconozco.
Lo encontré escondido en el garaje, muerto de frío. Nunca imaginé que un año después sería yo quien lo invitaría a entrar en mi cama y en mi matrimonio.
Aquella tarde su madre no estaba en casa y él tenía una sorpresa preparada. Yo todavía no sabía que esos minutos iban a despertarme un gusto que nunca solté.
Llevaba toda la noche con tres hombres y todavía me sentía insaciable. Así que tomé el teléfono y escribí: «¿Están listos para no dejarme dormir en todo el fin de semana?»
Trabajábamos en el mismo edificio y bastó un roce en el ascensor para que entendiera que estaba a punto de perder algo que creía intocable: mi voluntad.
Elegí al chico más codiciado del pueblo no porque lo amara, sino porque necesitaba a alguien a quien moldear mientras mi cabeza estaba en otra parte.
Me escribió para saber dónde andaba. Veinte minutos después yo estaba en la parte de atrás de su unidad, mordiéndome los labios para no hacer ruido.
Era julio, estaba arruinada y desesperada. Crucé el jardín de mi hermana buscando ayuda; mi sobrino me esperaba junto a la piscina con una sonrisa que no supe leer a tiempo.
Llevaba años imaginándolo, pero seguía siendo virgen de atrás. Aquella tarde de diciembre, en la habitación de un motel, por fin dejé que cruzara esa última frontera.
Cierro la puerta del trastero, me cambio de ropa y me convierto en otra. Nadie en mi calle sospecha lo que voy a hacer esta noche, y eso es justo lo que más me gusta.
Siempre jugábamos a ser novias delante de todos, hasta que el calor, el río y unas cervezas borraron la línea entre el juego y lo que de verdad queríamos.
Me lo pedías en susurros, conteniendo la respiración mientras yo buscaba el lubricante. Y nunca te dije que yo esperaba esa madrugada tanto como tú.