Mi amante me descubrió un placer que ignoraba
Jamás imaginé que el placer pudiera llegar tan lejos. Esa noche mi amante despertó en mí una curiosidad que ya no pude apagar a la mañana siguiente.
Historias reales contadas en primera persona
Jamás imaginé que el placer pudiera llegar tan lejos. Esa noche mi amante despertó en mí una curiosidad que ya no pude apagar a la mañana siguiente.
Cerraba los ojos cada noche y volvía a la misma imagen. Sabía que estaba mal, pero la curiosidad pudo más que cualquier culpa.
Llevábamos años fantaseando con ello en voz baja. Aquella tarde, en la cabaña, mi mujer me ató las muñecas al cabecero y me dijo que tenía una sorpresa.
Cada tarde me ponía un antifaz y me convertía en otra mujer para cientos de desconocidos. Lo que jamás imaginé es que uno de ellos sabría mi verdadero nombre.
Llevaba semanas planeándolo en secreto. Esa noche, cuando entró al cuarto con la botella de vino, supo que su regalo no estaba envuelto en papel.
Bajé las escaleras con el conjunto que había escondido durante semanas, y por la forma en que me miró supe que esa noche no iba a haber marcha atrás.
Fui por dos días de trabajo a la costa y me llevé a mi amiga. No imaginé que una cena con vestidos rojos terminaría marcándome el cuerpo de aquella manera.
Me llamó para que orientara a una empleada, pero los dos sabíamos que yo no recorrería cien kilómetros solo para dar consejos. La quería de rodillas en el almacén.
Acepté con tres condiciones claras y la mano de mi marido temblando en la mía. Lo que pasó esa tarde en la sala todavía me hace dudar de cuánto lo conozco.
Me dijo que volviera a las diez, cuando hiciera el cierre, y que me la chuparía mejor que ninguna. Tardé cuatro noches en encontrarla otra vez en la caja.
Estábamos los tres en la cocina esperando que subiera la cafetera cuando se me ocurrió aquella locura. Ninguno imaginaba lo que iba a esconder en uno de los vasos.
Mi padre nunca volvió a mirarla igual después de aquella semana. Yo tampoco, cuando supe lo que había hecho para salvarnos a todos de la ruina.
Solo iba a llevarlas a casa después de la fiesta. No imaginé que su amiga, suelta por el alcohol, convertiría ese viaje nocturno en algo que aún no termino de contar.
Se sentó sobre mi regazo, entre los mandos y yo, con esa sonrisa que conocía demasiado bien. «Podríamos retomar viejas costumbres», susurró.
No encendí la luz. Solo sentí sus manos tirando de mi ropa y su boca buscándome en la penumbra, sin una sola palabra, como si supiera de memoria lo que venía a hacer.
Tenía veintiséis años y creía conocer mis límites. Bastó un desconocido en la arena y la mirada cómplice de mi marido para descubrir que no conocía nada.
Apenas sabía su nombre cuando ya estaba de rodillas en mi cama, suplicando que no parara. Nunca había estado con alguien que disfrutara el sexo con esa intensidad.
Entré a la habitación esperando una cita íntima con mi marido y, cuando me puse en cuatro, descubrí que no estábamos solos. Lo que vino después me cambió.
Entré a ese taller dando órdenes, como hago siempre. No imaginé que aquel hombre lleno de grasa iba a recordarme quién mandaba de verdad esa tarde.
Nunca pensé que aquel defensor gigante al que mi padre insultaba desde la tribuna terminaría compartiendo conmigo la noche más intensa de mi vida.