Cómo empecé a contar nuestros tríos secretos
Salí del baño todavía mojada entre las piernas, y él supo por mi cara que recordar a otros hombres me había puesto a temblar.
Historias reales contadas en primera persona
Salí del baño todavía mojada entre las piernas, y él supo por mi cara que recordar a otros hombres me había puesto a temblar.
La tercera vez que coincidimos, su sonrisa duró demasiado y entendí que el café ya no era una excusa.
Aquel bulto duro en el tren no me tocó solo el culo; me abrió una puerta que ya no he podido cerrar.
Los gemidos del otro lado de la pared me dejaron empapada, y decidí despertar a mi hombre de la forma más sucia que conozco.
Se sentó a mi lado cuando la sala estaba medio vacía, y en pocos minutos mi cuerpo ya le había dicho que sí antes que mi cabeza.
Cuando la playa quedó casi vacía, su mano bajó por mi abdomen y entendí que ese último baño no iba a terminar como un juego inocente.
Creí que solo iban a revisarme al llegar, pero la encargada cerró la puerta, me miró de arriba abajo y entendí que aquella noche iba a obedecer.
Me la encontré por azar, me dio su número y una semana después abrió la puerta con una sonrisa que ya prometía problemas.
No quería despertarlo de golpe: quería que sintiera mi boca, mis manos y mi hambre antes de abrir los ojos.
Cada noche la escuchaba gemir con otros hombres; cuando por fin me miró distinto en el pasillo, supe que yo sería el siguiente.
Subí al baño con uno de ellos, pero no imaginaba que esa noche iba a salir temblando, satisfecha y con el cuerpo todavía ardiendo.
Entré solo al sauna y salí temblando, con el sabor de una pareja desconocida todavía pegado a la piel y una confesión imposible de olvidar.
Corrí hacia él como si llevara años esperándolo, aunque apenas nos conocíamos y yo todavía llevaba mi anillo de casada.
Cada hora obedecía la misma orden en el baño, y con cada repetición mi cuerpo pedía algo más sucio y más intenso.
Apenas abrí la puerta, la besé con hambre. Ella temblaba, decía que era una locura, pero subió a mi cuarto sin soltarme la mano.
Ella solo quería perder el miedo, pero cada foto y cada orden la empujaron a una iniciación anal que no iba a olvidar.
Después de semanas de cruces, miradas y pullas, me empujó al baño del vestuario y me dejó claro cómo pensaba cobrarme aquella multa.
Creí que la noche acabaría en nuestra terraza, pero él ya había decidido hasta dónde iba a llevar mi obediencia.
Pensé que solo dormiríamos en el sofá, pero su mano encontró la mía en la oscuridad y ya ninguno quiso fingir que no pasaba nada.
Decía que quería llegar intacta al amor, pero cuando cerré el coche y la besé, abrió las piernas como si llevara días esperando ese momento.