Juego de botella en la playa: una noche sin límites
Una noche de verano, un juego de botella entre desconocidos en la playa y ninguna intención de parar. Lo que pasó después fue mucho más de lo esperado.
Una noche de verano, un juego de botella entre desconocidos en la playa y ninguna intención de parar. Lo que pasó después fue mucho más de lo esperado.
El chico del barrio me miraba sin vergüenza, de arriba abajo, mientras yo intentaba que mi voz no temblara. Tenía cuarenta y seis años y un hijo al que salvar.
Llevaba semanas soñando con lo mismo. Esa noche dejé de fingir y me miré al espejo por primera vez como realmente era.
Cuando bajé a por agua a esa hora absurda de la madrugada, ella sostenía la taza con la punta de los dedos y me miraba como si supiera lo que iba a pasar.
Me dijo que cerrara los ojos, que tenía un chocolate para mí. Lo que sentí en mis labios no era exactamente chocolate.
Llevaba horas con el cuerpo encendido y él apareció con su uniforme de practicante, justo cuando necesitaba a alguien que me atendiera de verdad.
Solo quería despejarme por una noche. No esperaba que esa despedida de soltera, ese bar y ese hombre iban a quedarse en mí tanto tiempo.
Renata tenía un vestido casi transparente por el sudor y una sonrisa que no era de descanso. Nadie sabía bailar. Esa noche no importó.
Cuando bajé la vista vi que sostenía el condón más grande entre los dedos. No era para mí. Y sin embargo no fui capaz de irme.
Eran seis. Todos pasando los sesenta. Me miraban sin moverse, esperando mi señal. Nunca imaginé que eso sería lo que más me encendería de todo el fin de semana.
Apareció en mi pantalla una noche cualquiera, pero su voz ronca hizo que algo dentro de mí se despertara con una urgencia que no sabía que existía.
Aquella tarde decidí que me lo iba a follar como fuera, aunque tuviera que vestirme para él y entrarle sin disimulo. Lo que pasó después me dejó temblando.
Marco me dijo que cenaríamos con alguien. No me explicó quién. Cuando el hombre se levantó de la mesa, tranquilo y enorme, supe que esa noche no terminaría con los postres.
Roberto llegó a Nha Trang buscando sol y descanso. Lo que encontró en una terraza frente al mar aquella primera tarde cambió el resto de su viaje.
Esa noche en la casa alquilada de Búzios, con tres tipos y una botella de vodka a medias, Camila decidió que la vergüenza podía esperar hasta mañana.
Cuando le confesé en el balcón lo que aquel desconocido me había hecho un mes antes, no esperaba que me pidiera acompañarme la siguiente vez.
Me propuso un baño termal mixto como parte del tour. Pensé que era una costumbre cultural. Una hora después, los dos estábamos desnudos en el agua y ya no había vuelta atrás.
Cuando Rodrigo extendió la cera tibia sobre mi piel con esa calma que tenía para todo, ya sabía que aquella cita no iba a terminar como las demás.
Subí al taxi con la blusa pegada al cuerpo y los tacones en la mano. Solo quería llegar al hotel. Los ojos del conductor en el retrovisor decidieron otra cosa por mí.
Cuando entré a su apartamento, el aroma a café recién hecho era lo único inocente que quedaba en ese lugar. Supe que no saldría igual.