El camionero al que todas llamaban la Bestia
Lo llamaban la Bestia. Cuando aparcó su camión frente a la venta aquella tarde, nadie sospechaba lo que iba a ocurrir esa semana.
Lo llamaban la Bestia. Cuando aparcó su camión frente a la venta aquella tarde, nadie sospechaba lo que iba a ocurrir esa semana.
Cuando el masajista se desnudó a mi espalda y los dedos de ella se cerraron sobre la erección de mi marido, supe que aquel aniversario no tendría retorno.
Me llamó putita la primera vez que me vio. La segunda vez me rogó que no parara.
Empecé sola en mi cuarto con el porno de siempre. Terminé escribiéndole a cinco desconocidos para que me dijeran qué pensaban de mí desnuda.
Valentina se puso el vestido negro a medianoche. Dos desconocidos llamaron al timbre. Marcos sabía lo que iba a pasar y, aun así, abrió la puerta.
Cuando los masajistas entraron en la sala y cerraron la puerta, entendí que Sergio había comprado algo más que un masaje para nuestro aniversario.
Hay clientes que pagan y creen que eso les da derechos sobre tu cuerpo. Esto es lo que viví durante meses como escort y por qué lo dejé.
Me senté en el murete frente al mar, separé las piernas y dejé que el viento hiciera el resto. Seis desconocidos vieron todo. Los necesitaba a todos.
Cuando el agua caliente nos envolvió a los dos y ella entró al baño sin ropa, supe que ese viaje de trabajo iba a ser diferente a todos los demás.
Abrí la puerta esperando a uno. Eran dos. Y traían una mochila con todo lo necesario para convertirme en su juguete durante horas.
Era activa, decía su perfil. Lo que no decía era lo que me haría cuando cerrara la puerta de su cuarto. Fui y no me arrepentí.
Aparcamos lejos de todo para no aguantar más. Cuando me arrodillé frente a él, alguien venía por el sendero. Y no se alejó. Se quedó mirando, sin disimular.
Marcos presentó a Lucía como su mujer frente al barman. Era la mujer de Diego. Nadie lo corrigió. Así empezó esa noche.
Cuando aparcamos las motos frente a su portal, no imaginaba que esa tarde mi mejor amigo y yo terminaríamos compartiéndola en su propio salón.
Sabía desde antes de salir lo que iba a hacer. Me subí al primer tráiler que paró y entendí que ese día no iba a terminar pronto.
Había algo pendiente de esa primera noche bajo el puente. Mi cuerpo lo recordaba. Una semana después, mis pies me llevaron solos.
Apagaron las luces del bus y él puso su mano sobre la mía. Nadie entre los pasajeros dormidos sabía lo que estaba ocurriendo debajo de esa cobija.
Cuando me senté en el asiento trasero y crucé las piernas, ya sabía que ese taxi no me iba a llevar directamente al hotel. Su mirada en el retrovisor lo dijo todo.
Llevaba todo el día mirándole las piernas en la furgoneta sin saber que esa misma noche ella me esperaría desnuda en un baño termal.
Cuando me propuso ir al baño juntos, yo llevaba horas esperando que lo dijera. Roma podía esperar. Lo que vino después, no.