El travesti que se escondía en mí
Un hombre corriente que descubrió que bajo la ropa de su esposa vivía otra versión de sí mismo, lista para salir cuando llegó el encierro.
Un hombre corriente que descubrió que bajo la ropa de su esposa vivía otra versión de sí mismo, lista para salir cuando llegó el encierro.
Fui al gimnasio sin sujetador y el entrenador lo notó enseguida. Lo que vino después fue el trío más intenso que he tenido, aunque no fue real.
Estaba sola en mi habitación cuando escuché la puerta abrirse. No había llamado. No había avisado. Y yo llevaba puesto muy poco.
Tres meses sola en Singapur por trabajo, un sábado libre y un masajista que no preguntó demasiado. Así empezó la tarde que no había planeado vivir.
Fui con tanga y medias de liguero debajo del pantalón, sin saber si pasaría algo. Esa noche pasó todo.
Anudó las cuerdas a sus muñecas y avanzó hacia el fango sin saber que alguien la observaba desde la espesura, con un cuchillo bien afilado en la mano.
Nunca lo había hecho. Nunca había dejado entrar a nadie por ahí. Esa tarde en las cabinas, un desconocido con crema de manos lo cambió todo.
Él apareció entre las dunas, se detuvo a mirar y no se fue. Nosotros seguimos, y él también. Así empezó el juego más excitante que hemos tenido.
Marcos lo tenía todo preparado. A mí solo me dijo que me pusiera el vestido gris y llegara puntual a la sala de exposiciones.
La tienda estaba vacía y el chico era joven. Yo llevaba días imaginando ese momento exacto y no pensaba desaprovecharlo.
Tenía la peluca puesta y los tacos encima cuando vi que alguien esperaba en la puerta. Era el sobrino de Germán. Me quedé quieta a media cuadra, sin saber si seguir.
Mi mentor me enseñó que el sexo entre hombres tiene sus propias reglas. Aquella noche con cera caliente fue la última. Tres años después, un desconocido lo cambió todo.
Nunca había salido vestida a la calle. Ese viernes decidí que era el momento: minifalda, tacones y el vagón más lleno del año. Lo que pasó superó todo lo imaginado.
Tres semanas mirándolo descargar cemento desde mi ventana antes de invitarlo. Llegó un sábado a las tres, con el pelo mojado y la camisa recién planchada.
Aquella tarde colgué el teléfono con las manos temblando, abrí una página que llevaba meses ojeando en secreto y le escribí al primer hombre que apareció conectado.
Tenía veinte años y nunca había estado con un hombre. Aquella tarde, en el zaguán entreabierto de un desconocido, descubrí algo de mí que aún no sé cómo nombrar.
Volví del motel con la peluca en el bolso y dos condones sin estrenar. Al día siguiente, una llanta baja puso en mi puerta al hombre que iba a sacarme el coraje del cuerpo.
Era miércoles y aproveché la hora del almuerzo para escaparme. Lo que iba a ser una mirada curiosa terminó con su mano en mi nuca y un sabor nuevo en la boca.
Lo único que iba a hacer esa noche era cenar liviano y dormir. Hasta que él entró con la bandeja, miró mi ropa interior y soltó la frase que cambió todo.
Llevaba años escondiendo una parte de mí. La noche que se lo conté a ella, no imaginé que terminaría preguntándome si lo haríamos juntos con varios.