Atrapada por la criatura en las ruinas oscuras
La criatura no te caza. Solo te observa correr y espera que te quedes sin fuerzas. Sabe desde el principio cómo termina esto.
La criatura no te caza. Solo te observa correr y espera que te quedes sin fuerzas. Sabe desde el principio cómo termina esto.
Llevaba una semana al límite. Esa noche de sábado me puse el vestido más corto que tenía, entré sola a la discoteca y dejé que el deseo me llevara hasta el final.
Entró en la cueva pensando en la guerra. La adivina lo esperaba con el rostro de su reina, la túnica apenas cubriendo su cuerpo, y una promesa en los ojos que no era solo una visión.
Lo había visto en la playa, en una tienda, entre pinos. Tres veces sin atreverme. La cuarta vez estaba en la cocina de su hermano, con una camiseta sin mangas.
Lo vi sentado en el banco y supe que era él. El hombre del plug con el corazón. Decidí darle lo que nunca había pedido: un espectáculo solo para sus ojos.
Cuando volvió del baño sin ropa interior puesta, supe que esa noche íbamos a cruzar una línea que ninguno de los dos querría borrar.
Cuando el trono pasó frente a mí, nuestras miradas se cruzaron un segundo. Fue suficiente para que esa noche acabara de una manera que jamás hubiera imaginado.
Cuando ella me preguntó quién me gustaba más de los dos, yo llevaba veinte minutos mirándolos desde mi toalla con la boca seca.
Era el hijo del jefe: correcto, tímido, bien educado. Nunca imaginé lo que hacía los viernes por la noche cuando desaparecía.
Adrián me miraba fijo mientras trabajaba sin camiseta. Cuando vi el bulto en su pantalón, entendí que aquella tarde iba a ser muy diferente.
Marcos firmó el contrato sin leerlo. Cuando lo encerraron bajo el váter del Club Ónix, ya era demasiado tarde para arrepentirse.
Mientras ella bailaba pegada a un desconocido que le metía mano sin disimulo, yo pedí otra copa y me pregunté si estaba listo para verlo todo.
Valeria llevaba minifalda sin ropa interior. Los hombres dormidos en la calle la miraban sin disimulo. Yo observaba desde el baúl de la camioneta, completamente excitado.
Valeria llevaba semanas preparando el baile. Yo sabía que iba a pasar, pero verla ahí, con ese liguero, rodeada de cuatro hombres hambrientos, fue otra cosa.
Llevaba meses intercambiando correos con él, sin saber si me atrevería. El día llegó y subí al taxi con las manos temblando y las medias en la mochila.
Él me preguntó por una dirección y yo lo acompañé sin pensarlo. Nunca imaginé que minutos después estaría contra la pared de un edificio en obras con los pantalones en los tobillos.
Cuando entré a la sala y vi que había 198 personas desnudas esperando mi señal, entendí que había cruzado un límite del que no quería volver.
Lo vi en la terraza del puerto: alto, con barba y espalda ancha. Marcos me miró de reojo y supe que los dos estábamos pensando lo mismo.
La primera vez que entré no sabía lo que pasaba en la oscuridad. Una mano extraña rozó mi pierna y lo cambió todo para siempre.
Cuando levanté el pulgar en la carretera, lo único que quería era llegar a casa. Cuando noté sus ojos en el retrovisor, cambié de idea por completo.