Entró tímida a la entrevista y salió siendo otra
Adriana llevaba el currículum en una carpeta y las manos sudando. Cuando cruzó la puerta de aquel piso del centro, ya no iba a salir igual.
Adriana llevaba el currículum en una carpeta y las manos sudando. Cuando cruzó la puerta de aquel piso del centro, ya no iba a salir igual.
Se quedó dormida desnuda sobre la toalla y yo, sentado a su lado, descubrí que seis chicos jóvenes no le quitaban la vista de encima desde las rocas.
Marina ya estaba empapada cuando exigió la segunda parte: los dos a la vez, sin barreras, con la película de acción todavía sonando de fondo.
Llegué buscando piel lisa y salí con las piernas temblando, oliendo a aceite tibio y a un hombre que no debía haberme tocado de ese modo.
Cuando descorrí la cortina para mirarme al espejo, ella estaba ahí, apoyada en la pared, mirándome como si ya supiera lo que iba a pasar después.
Hacía meses que no me acostaba con nadie cuando entré al cuarto de aquel hotel y él cerró la puerta con una sonrisa que yo conocía demasiado bien.
No soy de las que se acuestan con desconocidos en el baño de una discoteca. O no lo era. Aquella noche en Barcelona, una falda corta y un error lo cambiaron todo.
Crucé el umbral del palacio con la máscara dorada y el corazón galopando. Aquella noche, varias manos enmascaradas me esperaban mientras él miraba desde las sombras.
Cuando Marcos cerró la puerta del apartamento y preguntó si iban a dormir con su «nueva pareja», el silencio de los cuatro lo dijo todo.
Cuando Diego me quitó la blazer frente a Malik, sus ojos oscuros fueron directos a mi escote. Supe al instante que esa noche no iba a decepcionar.
Llevaba cuatro días con mala suerte hasta que entró en un bar junto al mar y la vio sentada sola, con esas curvas que decían más de lo que ella sabía.
Fui sola a esa fiesta pensando en bailar un rato y olvidar. No esperaba que Diego ni lo que vino después cambiaran mi noche por completo.
Llevaba medias de red y una faldita negra. Me quedé a dos metros haciéndome el desconocido mientras él la devoraba con los ojos desde el suelo.
Llevaba semanas hablando con Rodrigo antes de atreverme. Cuando por fin entré a su taller y cerró la puerta con llave, supe que no había vuelta atrás.
Marcos la controlaba desde su mesa, un dedo sobre la app y los ojos fijos en ella. Cada vez que pulsaba el botón, Clara tenía que morderse el labio para no gemir.
Lucía subió con cuatro mujeres y cerró la puerta. Yo me quedé en la barra con sus hombres. Nadie imaginó lo que iba a pasar en esa cabina.
Llegamos con condones, lubricante y ganas de todo. La orgía prometida nunca ocurrió, pero lo que Marcos me hizo delante de los desconocidos fue mejor.
La toalla resbaló mientras me ponía crema. Sentí que alguien podría estar mirando desde las sombras del edificio de enfrente. No busqué las cortinas.
Cuando saqué su teléfono y vi mi propia imagen en la pantalla, entendí que no tenía escapatoria. O eso me dije a mí misma.
Quería tenerla desnuda bajo el sol, lejos de todo. Pero un pescador apareció entre las rocas y ninguno de los dos hizo nada por detenerlo.