Lo que no conté de ese año nuevo en la quinta
Llegué a esa quinta recién separada, sin muchas expectativas. Volví con recuerdos que tardaron meses en dejar de volver solos a mi cabeza.
Llegué a esa quinta recién separada, sin muchas expectativas. Volví con recuerdos que tardaron meses en dejar de volver solos a mi cabeza.
Salí antes del amanecer con el cuerpo preparado y una sola idea: llegar al otro lado de la carretera después de haberme entregado a cuantos choferes quisieran.
Rodrigo lo había organizado todo en secreto: la suite, las velas, Marcos esperando en el sofá. Solo me preguntó si estaba lista antes de abrir la puerta.
Cuando él me susurró su fantasía al oído, no imaginé que tres semanas después estaría desnuda en una sala aséptica, esperando a que ocho hombres cruzaran la puerta.
No era que me faltara nada. Era que nunca me había dado cuenta de lo que quería hasta que aquel chico me miró como si yo fuera lo único en el mundo.
Valeria sintió el calor antes de entender qué era. La cabina se llenó de un humo rosado y todo lo que era protocolo se convirtió en instinto puro.
Ella se sentó en el banco y me extendió los pies sin decir una palabra. Solo sus ojos hablaban, y lo que decían no dejaba opción alguna.
Llevaba horas aguantando el deseo en la oficina. Cuando vi sus manos en el volante, supe que esa noche no iba a terminar como tenía planeado.
Llevábamos semanas intercambiando correos con Valeria. Ella pedía fuerza y presión. Cuando nos vio bajar de las motos, supo que no se iba a decepcionar.
El mensaje decía: «¿Qué tal compartirte con una pareja?». Me reí. Pero algo en esas palabras encendió una curiosidad que no sabía que tenía.
Se creía sola. Levantó el celular, encuadró su cuerpo desde abajo y esperó al temporizador. Yo no aparté los ojos ni un segundo.
Me puse los pantalones más ajustados que tenía y no usé nada debajo. Lo que vino después fue un secreto que solo yo conocía mientras trabajaba.
No lo había planeado. Pero cuando él entró al local con los demás y me clavó los ojos, ya supe que esa noche iba a terminar de una sola manera.
Marco entró con el delantal y nada más debajo. Entre el café y las tostadas había un sobre: baños árabes. Un regalo que no sabíamos cómo iba a terminar.
Llevaban toda la vida siendo las mamás responsables. Esa noche, en una casa con olor a sal y a vino, decidieron dejar de serlo.
Cuando los primeros se acercaron al coche y ella no apartó la vista, supe que esa noche íbamos mucho más lejos de lo que habíamos planeado.
Intentó escabullirse hacia la puerta, pero la chica bajita se interpuso con los brazos cruzados. Ya no había salida posible para él.
Cuando cerró la puerta con su maleta, nos quedamos solos. El sexo seguía ahí, intenso y familiar, pero algo faltaba. Algo que solo él traía.
Llevábamos meses jugando con la idea. Pero cuando Laura se acercó a aquel hombre en el agua y vi cómo movía la mano bajo la superficie, supe que ya no era una fantasía.
La vi al otro lado del cristal, pegada a un desconocido que la besaba en el cuello. Yo debería haber estado furioso, pero solo noté cómo se me aceleraba el pulso.