Iván me esperaba con la lencería de su esposa
Cuando sacó del cajón el conjunto de encaje negro de su mujer, todavía con la etiqueta colgando, supe que esa noche no iba a salir de su casa siendo el mismo.
Cuando sacó del cajón el conjunto de encaje negro de su mujer, todavía con la etiqueta colgando, supe que esa noche no iba a salir de su casa siendo el mismo.
Lucía caminaba entre las lápidas con un secreto vibrando entre las piernas. Mateo llevaba el control en el bolsillo y cinco intensidades para jugar.
Lo conocí por internet a los dieciséis. Dos años después, una mañana de agosto, me escribió que viajaba a la capital y que era mi única oportunidad de volver a verlo.
Cuando subí al taxi rumbo a las afueras todavía podía echarme atrás. No lo hice, y horas después me arrepentiría con las muñecas atadas al cabecero de su cama.
Cruzó la puerta de la tienda con el vestido más corto de su armario. Don Rafael había esperado años para llevarla por la puerta escondida detrás del estante.
Mi hermano de diecisiete años llevaba dos semanas sin levantarse de la cama. Yo decidí que la cura era acostarme con él. Lo que no imaginé fue lo que vendría después.
Necesitaba sacarme a la hija de mi novia de la cabeza. Lo único que tenía a mano era un frasco vacío, una excusa estúpida y la puerta del loft del roof garden.
Cuando bajé al parque del Olivar aquel sábado, no imaginé que pasaría la tarde siendo el juguete de dos hombres en un baño donde cualquiera podía entrar a maquillarse.
Mientras Lucía se preparaba para recibir a su amante, su hermana ya tenía otro plan con el sobrino: las cajas del altillo eran solo una excusa para empezar.
A las once menos cuarto ya estaba bajando las escaleras de mi piso. Antes de salir miré por la mirilla, por si veía a alguien. El rellano estaba vacío. Mejor así.
Un bravucón que nunca aprendió a respetar. Ese día en el parque iba a recibir la lección que nunca olvidaría, de las mismas manos que había intentado humillar.
Quería jugar conmigo como si fuera una muñeca. Me vistió capa por capa, me puso la correa y dijo que eso era apenas el principio.
Perdí el último metro y empecé a caminar. No vi el coche negro hasta que ya era demasiado tarde y su voz en mi oído decía: quieta, no te muevas.
Cuando vi la silla preparada con ese objeto enorme sobresaliendo del asiento, supe que la noche no sería una cena normal.
La vela ardía a dos centímetros del alambre. Solo necesitaba aguantar un minuto sin moverse y la marca sería suya. Natalia no dudó ni un instante.
Fui a visitar a mi sumisa, pero fue su criada quien abrió la puerta. Algo en su mirada me hizo olvidar para qué había venido exactamente.
Cuando le dije que había sido una niña mala, ya sabía lo que vendría. La até, la castigué y tomé lo que era mío. Ella solo pedía que no parara.
Mi cuerpo me traicionó y le dije que sí. Era el más feo del trabajo, pero aquel rumor llevaba semanas persiguiéndome.
Pidieron ser marcadas. Valeria fue la primera en hablar. Cristina asintió. Lo que vendría después de la llama no se parecía a nada que hubieran imaginado.
Todo el campus envidiaba al chico que el grupo de Rebeca había adoptado. Nadie sabía lo que le costaría ser de las suyas.