La noche que el juego nos sacó de control
Cuando Claudia propuso el juego, nadie imaginaba que una hora después todos estaríamos cruzando líneas que no sabíamos que queríamos cruzar.
Cuando Claudia propuso el juego, nadie imaginaba que una hora después todos estaríamos cruzando líneas que no sabíamos que queríamos cruzar.
Colgada de la barra con los brazos en alto y las piernas separadas, desnuda bajo la única luz de la habitación. Aún me miraba con desprecio. Por ahora.
El martes amaneció distinto. Primero llegó Valeria con lencería negra y una jaula de castidad. Después llegó él: enorme, de barba espesa y mirada que lo decía todo.
La voz más poderosa del país me puso su tarjeta en la mano con una sola instrucción. Media hora después, yo estaba frente a su puerta.
Cuando su mano me ajustó la postura desde atrás, sentí su cuerpo contra el mío y supe que lo que venía no tenía nada que ver con el entrenamiento.
Cuando llegaba, llegaba sonriendo. Cuando terminábamos, también. Rocío tenía esa sonrisa que no abandonaba nunca, sin importar lo que estuviera pasando.
Me tenían de rodillas en el canil, esposada y sin poder moverme, mientras ellas reían y sus perros rondaban cada vez más cerca.
Lo que empezó como una salida a comprar ropa provocativa terminó con las manos de un extraño en mis nalgas, mientras mi esposo sonreía detrás de él.
Cuando lo veo por la mirilla sé que debería no abrir. Nunca lo hago. Hay algo en él que no puedo nombrar pero tampoco puedo ignorar.
Me puse la pollera más corta que tenía y fui al taller a llevar un sobre. El dueño no estaba. Me hicieron subir a la oficina de su hijo.
Pensé que iba a salir de la consulta con una receta. Salí con la marca de sus manos en mi piel y un secreto que jamás iba a contarle a nadie.
Lo descubrí la primera tarde, cuando el barman libraba y aquel forastero de pendientes de oro decidió que mi parada era su nuevo coto de caza.
Llevaba veinte años queriendo besarla. Esa madrugada entré en su dormitorio creyendo que por fin tocaba, hasta que ella me bajó los pantalones y me arrastró al salón.
Tres compañeros la invitaron a quedarse cuando el edificio estaba vacío. Sofía dijo que sí, pero con condiciones.
Cuando crucé el umbral del despacho, supe que la corona costaba más que sonrisas y respuestas correctas. El rector me esperaba con un formulario y un plan.
Cuando me ordenó vestirme de profesora y esperarlo a las diez en punto, supe que mi cuerpo respondería antes que mi conciencia.
Cuando la guerrera rubia se sentó sobre su espalda, dejó de ser un hombre: era el taburete vivo donde una diosa desayunaba con la reina.
Cuando Marta me dijo que había encontrado a las cuatro mujeres perfectas para mi castigo, supe que ya no había marcha atrás. Esa misma tarde firmé el contrato sin leer la mitad.
Subí las escaleras de su edificio con el tanga ya empapado. No me imaginaba que ese desconocido iba a partirme en dos antes de la medianoche.
La doctora cerró la puerta del consultorio con una calma que no era profesional. Yo estaba en la camilla con una bata de papel, y ya sabía que no iba a salir igual.