Una paja en el vestuario y lo que vino después
Cerré los ojos en el vestuario vacío y dejé que la fantasía me llevara más lejos de lo que había imaginado. Cuando los abrí, ya no había vuelta atrás.
Cerré los ojos en el vestuario vacío y dejé que la fantasía me llevara más lejos de lo que había imaginado. Cuando los abrí, ya no había vuelta atrás.
Cuando sonó el timbre a las nueve y media, supe que esa noche con mis compañeros no terminaba ahí. Entraron dos hombres y mi amante les hizo una propuesta que me dejó muda.
Llevaba dos días con cuarenta de fiebre cuando oí su voz al otro lado de la pared, dándole órdenes al vecino que tantas veces me había sonrojado en el ascensor.
Sonó el timbre a las siete y media y supe que mi matrimonio acababa de cambiar para siempre. Ella bajó las escaleras sin sujetador, los miró y sonrió.
El día anterior pensé que había sido una noche cualquiera. Esa mañana, cuando lo vi parado en la puerta, supe que no volvería a serlo.
Cuando abrí la puerta no venía solo: detrás de él, con esa sonrisa ensayada de chapero, traía a un hombre al que yo no había visto en mi vida por el barrio.
Subí las escaleras con la polla a punto y el corazón disparado. La puerta estaba entreabierta. Lo que pasó dentro de ese piso vacío no se lo conté a nadie hasta hoy.
Bajé los escalones meneando la cadera y vi sus ojos clavados en mí en el reflejo del vidrio. No íbamos a desayunar: esa mañana íbamos a otro lugar.
Detrás de las gafas oscuras nadie sabe hacia dónde mira un hombre, y esa tarde de julio él decidió mirar mucho más allá de la línea de la sombrilla.
El cliente nos observaba desde la butaca mientras Heider me apretaba el cuello y Damián esperaba turno. Yo había firmado para ser la víctima esa noche.
Tras años pidiéndole que me pusiera los cuernos, una noche en el motel me dijo que cerrara los ojos. Cuando los abrí, ya no era yo el que mandaba.
Tengo sesenta y tres años, soy abuelo de dos, y ahora vivo encerrado en una jaula de castidad esperando que un pibe de veinticuatro vuelva con la llave.
Bajé al baño una noche sin electricidad convencido de estar solo en la casa. La luz de un celular iluminaba la cocina y entendí por qué los dos venían tan raros.
Llegó al piso del hombre con la promesa de no contenerse. No sabía aún el tamaño de la polla que iba a desvirgarlo ni hasta dónde caía aquella pala.
Subimos a la terraza para escapar de la música y fumar tranquilos. Bruno cerró la puerta detrás de mí, me miró fijo y dijo que había una prueba si quería pertenecer.
Sabía que todos me miraban cuando dejé caer el vestido. Lo que no esperaba era que uno se levantara, caminara hasta el agua y se atreviera a hablarme.
Elegí el asiento del fondo, como siempre. No esperaba que el viejo se sentara al lado, ni que un billete arrugado fuera apenas el principio de esa noche.
Mi marido no soportaba verme así, distante de mi propio cuerpo. Pidió ayuda al ginecólogo. Lo que recetó esa noche cambió todo entre los tres.
Cuando sacó del cajón el conjunto de encaje negro de su mujer, todavía con la etiqueta colgando, supe que esa noche no iba a salir de su casa siendo el mismo.
Lucía caminaba entre las lápidas con un secreto vibrando entre las piernas. Mateo llevaba el control en el bolsillo y cinco intensidades para jugar.