Lo que pasó después de la despedida de mi prima
Habían pasado años desde la última vez que la vi. Cuando se sentó frente a mí en aquella barra y posó su mano sobre mi muslo, supe que esa noche no acabaría como mi prima imaginaba.
Habían pasado años desde la última vez que la vi. Cuando se sentó frente a mí en aquella barra y posó su mano sobre mi muslo, supe que esa noche no acabaría como mi prima imaginaba.
Llevaba meses oyendo lo que él le hacía cada viernes. Esa tarde me llamó y me dijo que era hora de dejar de imaginarlo y verlo con mis ojos.
Cuando se dio vuelta sobre la cama y vi lo que colgaba entre sus piernas, supe que esa tarde en el hotel del pasaje no iba a salir de mí en años.
Mi paciente entró a la sesión con la voz quebrada y una propuesta: que filmara lo que su mujer hacía cada miércoles, cuando él fingía no estar en casa.
Lo descubrí por accidente: mis propias fotos circulando entre desconocidos, mi marido riéndose en silencio. Y lo peor fue lo que sentí al darme cuenta.
Le aullé al desconocido con máscara de lobo en medio de la pista. No imaginé que esa misma noche me llevaría al baño ni que volvería a verlo una semana después.
Aquel mediodía de agosto las primas extendieron el mantel a la sombra de un roble. Lo que Lucía le preguntó después cambió todo entre ellas.
Subí a la silla frente al espejo, las piernas en el aire para las fotos que mi novia me pidió. No esperaba que él entrara, ni lo que vino después.
Llegué al taller solo a aprender un nudo. Salí con la promesa de presentarme al amo de Mateo, y una sola pregunta entre nosotros: campo o ciudad.
Aquella noche descubrí que mi tía Catalina escondía algo bajo su apariencia de esposa modelo, y que yo iba a ser la primera en averiguarlo.
Cuando Iker me susurró al oído que fuera al baño, supe que no era una sugerencia. Era una orden, y mi cuerpo respondía antes de pensarlo.
Cuando me la encontré en aquel evento, supe enseguida que algo había cambiado en ella. Lo confirmé semanas después, cuando empezó a mandarme fotos a las tres de la mañana.
Mordí la almohada cuando pronunció aquel nombre. Y entonces todo lo que había escondido durante años empezó a deshacerse entre las sábanas, golpe a golpe.
Los dos matones me arrastraron a recorrer las máquinas mientras ella se quedaba sola con el dueño. Cuando volví, el escritorio estaba vacío.
Llevaba meses encerrado y sin sexo cuando bajé la app y puse «busco cuarto». El mensaje del desconocido parecía oferta de hospedaje. Su mano en mi nalga me sacó del engaño.
La cerradura me pesaba entre las piernas, el vestuario estaba vacío y él había llegado media hora antes. Lo que pasó después no estaba en el plan.
Cuando vi mi ropa interior sobre la mesita del cristalero, supe que llevaba semanas mirándome. Y, en lugar de delatarlo, decidí darle algo mejor que recordar.
Tengo 33 años, llevo cuatro sola y hay una fantasía que se me repite cada noche cuando me toco. Hoy la cuento por primera vez.
Habían cancelado la reunión, me dieron la tarde libre y decidí que me iba a poner el camisón rosa. Lo que no calculé fue quién iba a estar mirándome desde la vereda.
Si te viera con ese vestido verde, me acercaría gateando y te besaría los pies antes de pedir permiso para mucho más. Hoy desperté hambrienta de ti.