Lo que mi esposa permitió en la playa nudista
Me había pasado años cuidando que nadie la mirara de más. Esa tarde, escondido entre las hierbas altas, no podía dejar de mirar yo.
Me había pasado años cuidando que nadie la mirara de más. Esa tarde, escondido entre las hierbas altas, no podía dejar de mirar yo.
Nunca pensé que sentirme observada por completos desconocidos me encendería tanto. Esa noche, detrás del cristal, descubrí lo que de verdad me gustaba.
Llegué a su casa una hora antes de la cena y la encontré desnuda frente al espejo, dudando entre dos vestidos y a punto de cambiarlo todo.
Apagué el motor en el rincón más oscuro del área de servicio, me retoqué los labios en el retrovisor y supe que aquella noche no iba a marcharme sola.
Creíamos que jugábamos a escondidas en la arena, hasta que un extraño se acercó y nos confesó que llevaba horas observándonos. Y traía una propuesta.
A oscuras, a unos metros de mi portal, su polla brillaba bajo la única farola de la calle. Y yo ya sabía que iba a volver a bajar la cabeza.
No me importó que me llevara treinta años. Con el vaivén de la carretera, su mano encontró mi cadera en la oscuridad y dejé de fingir que aquello no me gustaba.
Eran pasadas las once, todos dormían y la lluvia caía fuerte. Pensé que solo iba a mojarme un rato en el patio. No imaginé hasta dónde me iba a atrever esa noche.
Solo había un chico al fondo, lavándose las manos. Me miró por el espejo y, sin decir una palabra, los dos supimos que la espera había terminado.
Esa noche el reto era simple y demente a la vez: recorrer el terreno desnuda, a cuatro patas, pasando justo frente al ventanal donde cualquiera podía verme.
Cuando le abrí la puerta de casa supe que esa señora iba a arruinarme la noche. No imaginé hasta qué punto, ni dónde terminaría arrodillada frente a mí.
No habían pasado ni cinco minutos de película cuando su mano ya buscaba debajo de mi short, y yo, en lugar de apartarla, recé para que nadie en la sala volteara a mirarnos.
Hacía meses que no me comía una buena tranca, así que cuando aquel daddy del Mercedes blanco me escribió, no me lo pensé dos veces.
Me sacó dos sonrisas en una semana y le di mi número. Esa tarde le enseñé, en la escalera de su edificio, todo lo que una mujer con experiencia puede hacer.
Cuando me tendió su tarjeta y me dijo que llevara hambre, supe que esa mujer no buscaba conversación: buscaba a alguien capaz de seguirle el ritmo hasta el amanecer.
Habíamos firmado el contrato sabiendo que el sábado sería peor que el viernes. Lo que no imaginábamos era hasta dónde pensaba llevarnos al bosque.
Hacía meses que no sabía de ella. Su llamada fue una orden, no una invitación: esa noche dejaría de ser una persona para convertirme en su propiedad.
Esa mañana solo queríamos perdernos la una en la otra. No contábamos con que la favorita entraría con sus guardias y un castigo ya preparado.
Pasó a buscarme, señaló su mejilla para que la besara y entendí que esta vez las órdenes no se quedarían en la habitación: empezaban al subir a su auto.
Damián aceptó el reto pensando en los mil dólares. No imaginó que terminaría atado en la arena, viendo a su esposa cabalgar a cinco desconocidos mientras él recibía las descargas.