La señora del hotel jugó conmigo diez días
Tenía casi el doble de mi edad y una sonrisa que prometía problemas. Me dijo que iba a comprobar si tenía hambre de verdad o solo estaba aburrido, y ya estaba perdido.
Tenía casi el doble de mi edad y una sonrisa que prometía problemas. Me dijo que iba a comprobar si tenía hambre de verdad o solo estaba aburrido, y ya estaba perdido.
Una semana después de aquella primera noche, mis pies me llevaron solos de vuelta al cabaret. Verónica me esperaba con una caja de terciopelo y una sentencia.
Ese cubículo tenía una ventana hacia la sala de lectura. Yo creía que estudiábamos para el examen, hasta que sentí los ojos de aquel chico sobre nosotros.
Se quedó quieta entre los árboles, roja de vergüenza, con las manos cruzadas a la espalda. —Solo déjame mirar —susurró—. Nunca he visto a un hombre hacerlo.
Estaba sola en el césped, bajo la sombra, con unas piernas que me hicieron olvidar el libro. No imaginé hasta dónde llegaríamos antes de despedirnos.
Podía aguantar perfectamente, pero no quería. Bajé del coche, dejé la puerta entornada y esperé a que los faros de la carretera me encontraran en cuclillas.
Adrián solo quería llegar a casa después de clase. Dos desconocidos en un callejón decidieron que esa noche se convertiría en el juguete humillado de todo el barrio.
Subió al estrado vestida mientras las demás ya estaban casi desnudas, y supe que esa noche iba a perder por completo la vergüenza delante de todos.
Creía haber enterrado a la mujer que cobraba por su tiempo. Bastó una oferta de mi propio novio para que esa mujer despertara y tomara el control de la noche.
El vaivén del autobús nos pegó tanto que su mano quedó justo donde no debía, y ninguno de los dos hizo nada por evitarlo.
Empezó frente a una webcam, a oscuras y a salvo. Pero esa tarde, en la playa del pantano, no había pantalla: solo mi cuerpo, el sol y los ojos de hombres que no apartaban la vista.
De día me humillaba delante de sus amigas; de noche me suplicaba que la pusiera en su lugar. Nadie imaginaba lo que pasaba dentro de aquel auto.
Bajé del coche para sentarme delante y, en cuanto noté el bulto en su pantalón, supe que aquel taxi no me iba a llevar directa a casa.
Elegí la sesión más vacía para estar solo con mi cansancio, hasta que ella cruzó la sala y se sentó dos butacas a mi derecha con una sonrisa que prometía problemas.
Perdí a mis amigos, perdí el rumbo y, sin saber cómo, terminé arrodillado entre dos mujeres que acababa de conocer. Esto pasó de verdad.
Pasé al centro de la rueda creyendo que controlaba la situación. No sabía que el short se iría metiendo poco a poco hasta dejarme casi sin nada delante de todos.
Aquel vuelo nocturno empezó como una charla entre amigas y terminó con una confesión: en mi cama siempre hubo lugar para mi marido, para mi amante y, esa noche, para ella.
Llevaba semanas cruzándomela en el garaje con esa sonrisa. El día que se pegó a mí en el ascensor supe que aquello no iba a quedar en un saludo entre vecinos.
Cruzó las piernas, me miró por encima del libro y supe que aquella mujer llevaba años sin pedir permiso para nada. La hora muerta del metro se volvió otra cosa.
Ella se subió el vestido, me miró con una sonrisa y empezó a tocarse para el camionero que circulaba a nuestro lado. Apenas era el comienzo de un viaje que no olvidaría.