La pareja de la playa que sabía que los miraba
A ciento cincuenta metros de mi sombrilla, ella lo acariciaba sin disimulo. Supe que volvería por las dunas para no perderme nada de lo que vendría después.
A ciento cincuenta metros de mi sombrilla, ella lo acariciaba sin disimulo. Supe que volvería por las dunas para no perderme nada de lo que vendría después.
Llevaba meses imaginándolo: un vestido negro, unos tacones brillando bajo las luces y yo parada en una esquina, a la vista de todos los que pasaran.
Te dije que el viaje empezaba a las cuatro de la madrugada. No te conté que la mitad del placer estaría en quienes nos miraran por el camino.
Cuando mi amiga abrió la bolsa no había ningún uniforme: solo unas alas, un liguero y unas medias de red. Y el tráiler ya estaba esperando para salir.
Me escribió para saber dónde andaba. Veinte minutos después yo estaba en la parte de atrás de su unidad, mordiéndome los labios para no hacer ruido.
Pinté mis labios apoyada en el tronco, convencida de que estaba sola. Entonces oí el crujido de unas hojas y supe que alguien llevaba un rato observándome.
Crucé la puerta del bar con tacones nuevos y el corazón en la garganta. No imaginaba que esa noche entraría alguien de mi pasado.
La primera tarde aún no había deshecho la maleta y ya sabía que allí nadie apartaría la vista. Y lo peor era esto: a mí empezaba a gustarme.
Subió al cuarto de mantenimiento sin avisar y me pilló sin camisa. Esa risa suya, sin vergüenza, fue el principio de algo que tardé años en confesar.
Llevaba semanas sin salir y el fuego me carcomía. Esa madrugada me puse la peluca, abrí el abrigo en la reja y dejé que la calle decidiera por mí.
Tres noches de mensajes con un extraño y, cuando me preguntó si estaba sola, decidí contarle la verdad sobre mí justo antes de darle mi dirección.
Cuando me arrodillé frente a él mientras conducía, supe que esos últimos kilómetros de carretera iban a quedarse conmigo mucho más de lo que admití.
Fingía esperar a alguien en la entrada cuando las tres se acercaron entre risas. Una me preguntó si tenía la noche libre. No imaginé hasta dónde iba a llegar todo.
Mi marido me animó con la mirada a marcharme con aquel desconocido. Lo que ninguno de los dos sabía era que ese hombre no pensaba dejarnos en paz.
La primera mañana la encontré en la cocina casi desnuda, moviéndose como si yo no existiera. Ahí entendí que el juego de su marido recién empezaba.
Subir el vídeo fue solo el principio. Aquella madrugada de sábado entendí que mirar ya no me bastaba: quería que un desconocido me tocara de verdad.
Bastó un susurro junto a mi oído para que toda mi vida de hombre correcto empezara a derrumbarse bajo el clic de unos tacones que aún no eran míos.
Pagué la entrada, busqué la cabina del fondo y creí que sería un minuto. Entonces escuché esa voz grave preguntar si había alguien al otro lado de la pared.
Habíamos saltado la verja de una finca vacía. Él me marcaba el ritmo con la mano en mi nuca y yo me dejé llevar sin pensar en nada más.
Nadie en el supermercado, en la farmacia ni en la panadería imaginaba lo que escondía bajo la ropa. Y esa era justo la parte que más me excitaba.