Lo que hicimos en aquel teatro a oscuras
Empezó como un juego en la última fila del teatro y terminó siendo una adicción: buscar el rincón más imposible de la ciudad para perder el control.
Empezó como un juego en la última fila del teatro y terminó siendo una adicción: buscar el rincón más imposible de la ciudad para perder el control.
Cuando cruzaron el portal con la falda rosa y las orejas de conejito, sintieron todas las miradas clavarse en ellos. Y el juguete seguía latiendo dentro de los dos.
Cuando me abrió la puerta en calzoncillos y me dijo «de rodillas, en silencio», supe que esa noche valdría la cruzada en Uber hasta la otra punta de la ciudad.
Me había jurado que solo íbamos a mirar. Pero cuando aquel desconocido posó la mano en el hombro de Eduardo, supe que yo tampoco iba a poder quedarme quieto.
El vagón iba vacío a esa hora de la madrugada. Cuando aquel hombre se sentó casi frente a mí y empezó a mirarme sin disimulo, supe que el viaje no sería como los demás.
Sentí su cuerpo grande apretándose contra mi espalda en cada frenada, y cuando susurró «bajamos en la próxima» supe que no iba a poder decirle que no.
Le dije que se trajera los modelitos más exagerados que tuviera. Quería pasearla por la ciudad y, al volver al hotel, perderme entre sus pies durante horas.
A la una de la madrugada se quitó los tacones para provocar, como siempre. No sabía que esa noche alguien iba a convertir su capricho en una orden.
Los fines de semana no voy al cine por la película. Voy a sentarme atrás, a esperar que unos pies desconocidos se apoyen en mí y decidan cuánto puedo aguantar.
Subió descalza al autobús con las zapatillas en la mano y, al fondo, un desconocido no podía apartar los ojos de sus pies desnudos sobre el asiento.
Él decidía cuándo me desnudaba, cuándo me ataba y delante de quién. Yo solo tenía que obedecer, y descubrí que obedecer me encendía más de lo que jamás admití.
Llevaba años persiguiendo este momento en aeropuertos y trenes, pero nunca imaginé que una desconocida me dejaría adorar sus pies descalzos en pleno vuelo.
Sentí sus pies descalzos sobre mi hombro en plena oscuridad. Entonces una voz me preguntó si me gustaba cómo olían sus calcetines, y solo supe responder que sí.
Nunca me atrajo, pero cada mensaje suyo me dejaba más caliente que el anterior. Y esa noche, con mi marido a unos metros, dejé de resistirme.
Estaba medio desnuda en el coche de un hombre al que no conocía, en un parking lleno de gente, y él me dijo que me relajara porque mi chequeo apenas empezaba.
La adrenalina me subía con solo pensarlo: salir de noche a una zona apartada y dejar que hombres que no conocía me usaran como quisieran. Sabía los riesgos.
Llevaba toda la tarde sin clientes cuando entró ella. Me arrodillé para calzarle un tacón y, con su pie desnudo entre mis manos, supe que no iba a poder parar.
Llevábamos semanas buscando público en Telegram sin suerte. Esa noche, en un pinar a oscuras, alguien aparcó al lado y se quedó mirando lo que mi novia me pedía hacerle.
Nadie imaginaría que esos tenis gigantes y ridículos guardan mis secretos. Esa noche en la carretera, con todos dormidos, me atreví por fin a lo que tanto fantaseaba.
Nunca me había fijado en los pies de nadie, hasta esa tarde calurosa en que ella estiró el suyo hacia mí y me preguntó, con una sonrisa, si me atrevía a tocarlo.