La noche en que las cuatro parejas perdieron los límites
Damián se apartó de la puerta con el pulso acelerado: lo que acababa de ver entre sus amigos no se borraría jamás de su memoria.
Damián se apartó de la puerta con el pulso acelerado: lo que acababa de ver entre sus amigos no se borraría jamás de su memoria.
Despierto junto a Lorena pensando en todo lo que ha pasado esta semana, sin imaginar que el último día nos guardaba la sorpresa más intensa de todas.
Cuando cruzamos la puerta de aquel local en penumbra, supe que esa noche compartiríamos algo que ninguno de los dos podría olvidar jamás.
Desperté con las manos de Lina untándome crema en la espalda; ninguno imaginaba que esa mañana en la piscina seríamos seis cuerpos sin reglas ni pudor.
Entre el humo y los gritos del público, Soledad ya no sabía dónde terminaba ella y empezaba su hija. Solo sabía que no quería que esa noche acabara nunca.
Juramos cien veces que no pasaría nada con ellos. Lo juramos hasta convencernos. Y entonces nos llamaron a su habitación y ella estaba esperándonos desnuda.
Cinco hombres, un autobús vacío y una ruta que se desvió de su recorrido. Reconocí cada una de sus caras y supe que esa noche no llegaría temprano a casa.
Cuando el pueblo entero dormía la siesta, Camila se paró en medio de la calle vacía, se mordió el labio y nos preguntó cuál de los cinco se animaba primero.
Le dijo a su marido que dormiría en casa de unas amigas. En realidad estaba desnuda en la caja de un camión, escuchando cómo afuera se formaba la fila.
Llevaba una semana sin que me hablara cuando me esperó a la salida de clase, me llevó a un rincón apartado y dejó que tres desconocidos lo vieran todo.
En el coche solo llegaba la luz de una farola lejana y una desconocida que me agarró del culo apenas cerré la puerta. La noche todavía no había empezado de verdad.
Salimos a tomar el sol sin marcas y sin nadie alrededor. Lo que no imaginábamos era a cuántos íbamos a tener encima antes de volver al agua.
Cuando me puso la venda en el portal, lo único que sentía era una gota que bajaba despacio entre mis muslos y el corazón a punto de salírseme.
Pensé que solo cenaría algo típico antes de dormir. No imaginé que esos dos chicos del bar me llevarían a la noche más desinhibida de mi vida.
«Cuidado con lo que deseas», dicen. Yo lo deseé tanto que una noche, en la penumbra de una sala vacía, una desconocida me enseñó lo que llevaba años fingiendo no querer.
Pensé que tenía el vapor para mí sola y mis juguetes. Entonces la puerta se abrió y una desconocida altísima me miró sin ninguna prisa por cubrirse.
Llevaba años entrando sola a ese club, esperando una mirada que se quedara en ella. Esa noche unos dedos desconocidos la tomaron de la mano y la arrastraron a la oscuridad.
Hicimos fila para los toboganes toda la mañana, pero fue en el agua, con su mano deslizándose por mi cintura, cuando entendí lo que de verdad quería de mí.
Tenía cuarenta y tantos, marido y dos hijos, y jamás había mirado a otra mujer. Esa noche, apoyada en la barra de un pub, todo lo que creía saber de mí se vino abajo.
Nos calentamos en clase y no aguantamos hasta llegar a casa. El descampado detrás de la facultad fue el primero de muchos lugares donde no debíamos tocarnos.