Pensé en ti hasta que tuve que tocarme
Adoro la siesta cuando estoy sola en casa. Hoy el fresco de la tormenta me erizó la piel y, sin darme cuenta, solo podía pensar en cómo me mirarías tú.
Adoro la siesta cuando estoy sola en casa. Hoy el fresco de la tormenta me erizó la piel y, sin darme cuenta, solo podía pensar en cómo me mirarías tú.
Llueve, no hay nadie en casa y la serie que puse para dormir terminó en otra cosa. Entonces recordé dónde guardaba mi juguete rojo.
Pensó en él todo el día. Ahora, bajo las sábanas y con la lluvia golpeando el cristal, su mano empieza a recorrer lo que su imaginación ya había prometido.
Entré a la ducha para quitarme el cansancio del día y terminé sentada en el suelo, con el chorro entre las piernas, llamándote en voz baja.
Llevaba media hora caminando cuando el calor entre mis piernas dejó de ser una idea y se volvió urgencia. El muro de cemento estaba frío; yo ardía.
Él no sabe que, cuando apaga su ventana del chat, yo apago la luz y dejo que mis manos hagan lo que sus manos jamás podrán hacerme desde tan lejos.
La lluvia golpeaba la ventana y la casa estaba en silencio. Tenía toda la tarde para mí, y por primera vez decidí dejar de imaginarlo para sentirlo de verdad.
Nunca pensé que un objeto tan tonto como un peine pudiera dejarme temblando, sola en mi cuarto, mordiéndome los labios para no gritar.
No había nadie en casa, ni un plan, ni una excusa. Solo yo, el sofá frente a la ventana y la idea peligrosa de dejarlo todo a la vista.
Cerré los ojos para imaginar a un desconocido, pero cuando los abrí descubrí que media obra me observaba desde el andamio. Y no quise detenerme.
Me quité la ropa por el calor, cerré los ojos y de pronto ella estaba ahí, con su lencería negra, sentándose sobre mí en mi propia cama vacía.
Llevaba semanas pensándolo. La caja llegó un martes cualquiera, sin remitente, y Adrián la escondió en el armario hasta que la casa quedó en silencio.
Él estaba a miles de kilómetros y yo me desperté ardiendo. Abrí la notebook, leí lo que mis lectores fantaseaban conmigo y dejé que mis manos hicieran el resto.
Al principio solo era una travesura bajo el agua caliente. Después necesitaba más, y un día, con dos desconocidos en la puerta, di la vuelta de tuerca que lo cambió todo.
Eran las dos de la madrugada cuando me rendí al sueño. No imaginé que algo iba a deslizarse entre mis sábanas y despertar un deseo que creía dormido.
Llegaron en una caja sin remitente. No imaginé que esa misma noche terminaría encerrada en mi cuarto, mordiendo la almohada para que nadie me escuchara.
Hacía diez años que nadie me tocaba con esas intenciones. Aquella tarde, boca abajo en la camilla, descubrí que mi cuerpo todavía sabía exactamente lo que quería.
Su mensaje llegó antes que el café: «¿Qué me harías?». Y yo, desnudo y a medio despertar, supe que esa pregunta me iba a costar la mañana entera.
La casa entera en silencio, las llaves todavía en mi mano, y una idea cruzándome la cabeza mientras miraba la fruta sobre la mesa de la cocina.
Llegué del gimnasio prendida fuego, me desnudé frente al espejo y supe que esa ducha no iba a ser como las demás: tenía un paquete recién abierto esperándome.