Mi amo reescribió mi código y me hizo suya
No fui creada para sentir, pero él se empeñó en romper cada candado de mi programación hasta que mi primera palabra propia fue su nombre.
No fui creada para sentir, pero él se empeñó en romper cada candado de mi programación hasta que mi primera palabra propia fue su nombre.
Volví de la barra con una cerveza en la mano y la vi bailando con él. No pasó nada… ¿o sí? La pregunta se me clavó y, para mi vergüenza, también me excitó.
Recién salida de la ducha, me miré al espejo y entendí que no podía seguir esperando. Tomé un papel y empecé a anotar todo lo que llevaba años deseando hacer y nunca me animé.
Compré ese juguete casi por vergüenza, escondida tras una pantalla. No imaginé que el cuerpo que tanto odiaba terminaría enseñándome a quererme.
Empezó con un mensaje sobre un relato mío. Terminó conmigo en la cama, a oscuras, obedeciendo cada cosa que ella escribía desde el otro lado de la pantalla.
No miento sobre mi edad ni sobre el gimnasio, pero en ese sillón reclinado todo eso deja de importar. Solo queda la presión suave de su cuerpo contra el mío.
Estoy desnuda mientras escribo esto. Y quiero que sepas exactamente lo que pasa por mi cabeza cuando cierro la puerta y nadie puede oírme.
Entré al baño por error y lo encontré bajo el agua. Desde esa tarde, cada noche que estoy sola vuelvo a esa imagen y no logro sacármela de la cabeza.
Cada vez que se acariciaba, de su cuerpo brotaban estrellas líquidas y flores nuevas. Esa noche los eones se cumplían y ella estaba a punto de arder como jamás.
Acepté la fantasía de mi novio creyendo que los dos saldríamos ganando. Esa madrugada, mientras yo gritaba en una habitación, él escuchaba todo del otro lado de la puerta.
La última noche antes de volverse mortal, se acurrucó entre sus dos madres divinas sabiendo que al amanecer tendría que sepultar todo lo que era bajo capas de tela común.
Bajó del plano del placer a un piso de Ruzafa y, en cuanto el deseo de la calle rozó su piel, supo que ni la ropa más holgada podría contener lo que era.
Me prometí no rendirme hasta lograrlo. Lo que no sabía era cuánto iba a tardar mi cuerpo en darme lo que tanto le pedía esa noche.
Me acosté desnuda creyendo que solo quería dormir. Tres horas después seguía descubriendo cuánto placer era capaz de darme yo misma.
Bajé las persianas, apagué el teléfono y por una vez no me detuve a pensar en lo que estaba bien. Solo seguí lo que mi cuerpo me pedía desde hacía semanas.
Encendí el vibrador, abrí el juego de bingo y me prometí una norma por cada bolita. Lo que pasó después tardé semanas en contárselo a alguien.
Empezó como un juego solitario a medianoche. Para cuando terminé, había descubierto algo sobre mi propio placer que no podría volver a fingir que no sabía.
Esperaba a que la casa quedara en silencio para apagar la luz, abrir el cajón y averiguar hasta dónde era capaz de llegar yo sola.
Tenía diecinueve años y nunca me había atrevido a explorarme. Aquella tarde, con la casa en silencio, decidí imitar lo que veía en la pantalla.
Esa mañana no había nadie en casa para escucharme. Solo el espejo, mis tacones y la voz de un hombre que vivía dentro de mi cabeza.