Mi clienta Dafne escondía algo que me desarmó
Cruzó las piernas frente a mí y algo no encajaba. Su voz era dulce, pero sus manos demasiado grandes. Tardé días en entender qué me había robado el sueño.
Cruzó las piernas frente a mí y algo no encajaba. Su voz era dulce, pero sus manos demasiado grandes. Tardé días en entender qué me había robado el sueño.
Adrián conocía cada vestido del armario de su melliza. Esa mañana, con la casa sola y cuatro hombres cavando en el jardín, decidió que por fin sería ella.
Acepté ayudarlas con el concurso de la facultad. No imaginé que frente a ese espejo, maquillado y con ese vestido ceñido, dejaría de reconocerme.
Solo quería que ella jugara a mandar una noche. No imaginé que firmaría un contrato del que jamás podría salir, ni en quién terminaría convirtiéndome.
Cuando me miré al espejo no reconocí a la mujer que me devolvía la mirada: tetas nuevas, tacos imposibles y una sonrisa que ya sabía lo que iba a pasar esa noche.
En el sueño tengo el cuerpo que siempre quise, y sé que él va a cruzar esa puerta para recordarme exactamente qué soy ahora.
La primera vez que entré en su consulta lo hice con la cabeza agachada y un vestido prestado; salí de allí sintiéndome, por fin, yo misma.
Iba a la oficina con el plug puesto y las medias bajo la ropa, soñando con lo que mi mujer me haría al volver. Esa noche, en el escenario, todo cambió.
Cada noche, antes de dormir, Carla me susurraba «buenas noches, princesa». Tardé meses en entender que esa palabra no era un juego, sino una orden.
Aquella noche bajé la guardia ante unos ojos vulnerables bajo el contenedor. No imaginé que el animal que abracé contra mi pecho llevaba dentro algo mucho más antiguo y hambriento.
Desperté pasadas las seis, con el cuerpo entero latiéndome y el olor a lavanda en la piel. Daniela me esperaba desnuda, dispuesta a curar cada huella que la noche había dejado en mí.
Nadie en la discoteca sabía lo que llevaba debajo del pantalón. Yo tampoco sabía hasta dónde me llevaría esa pequeña prenda de encaje rojo.
Me puse la falda debajo del pantalón, subí al auto y dejé que él decidiera mi nombre. Esa noche dejé de fingir lo que no era.
Era una broma: ponerme el collar rosa a cambio de una pizza. Pero apreté el botón y dejé de ser yo. Otra persona empezó a mover mi cuerpo desde dentro.
La mañana después del derrame, se miró al espejo y su cuerpo ya no era el mismo. Y la forma en que su marido empezó a mirarla tampoco volvió a ser la de antes.
La puerta se cerró a mis espaldas con un clic definitivo, y entendí demasiado tarde que el paquete que traía era yo mismo, listo para ser desempacado.
Llegué al hotel sin peluca y sin saber que ese desconocido tenía un plan: borrar al hombre que veía en el espejo y dejar solo a la mujer que yo siempre quise ser.
Tres gotas al día durante tres días. Eso me dijo la mujer del local sin nombre. Lo que no me advirtió fue lo que pasaría si alguien se equivocaba con el frasco.
Cuando la seda le rozó la piel, supo que esa noche no iba a ser Mateo. Las esposas se cerraron sobre sus muñecas y, por primera vez, alguien la llamó hermosa.
Bebió el líquido violeta solo una vez, por venganza. Pero su nuevo cuerpo aprendió algo esa noche que su mente de hombre jamás podría olvidar.