Las bragas que mi mujer me hizo llevar al trabajo
Me las dejó dobladas sobre el lavabo, todavía con su olor, y una nota: «Hoy las llevas tú». Supe que la tarde iba a ser larga.
Me las dejó dobladas sobre el lavabo, todavía con su olor, y una nota: «Hoy las llevas tú». Supe que la tarde iba a ser larga.
Me lanzaste tus bragas todavía tibias y una sonrisa. «Póntelas y espérame», dijiste. Dos horas después seguía de rodillas, contando los minutos hasta tu llegada.
Once de la noche, sola en casa, con la jaula puesta y la llave a cientos de kilómetros. Solo me dejó un juguete enorme, y supe enseguida que lo había comprado para esto.
Cuando bajé la mano para tocarme, lo que encontré entre mis piernas no era lo que me había acostado a dormir. Y lo peor fue que no quise apartarla.
Le dieron cuerda a un reloj antiguo y, al amanecer, su cuerpo ya no era el suyo. Una semana de placer robado con un precio que solo se cobra en la última noche.
Lo humillaban cada día en el instituto, hasta que un frasco sin etiqueta le prometió fuerza. Lo que tomó esa noche lo transformó en alguien irreconocible.
Llevo el tanga debajo del culotte y nadie lo sabe. Es mi secreto sobre la bici, el comienzo de la fantasía que ensayo en la cabeza una y otra vez.
Pulsé play creyendo que era una despedida cariñosa. A los dos minutos entendí que ella sabía todo lo que yo escondía, y que esa noche su voz mandaba sobre mí.
Entré pensando que era el dueño de todo. Marisol, de rodillas y con sus guantes amarillos, ya había decidido que esa noche el dueño sería ella.
«Vengo a ver si mi mujer trabaja bien», dijo el hombre en mi puerta. Una hora después yo estaba de rodillas en mi propia cocina, con su delantal puesto.
Bastó una sonrisa y un par de tacos de billar para que ella le diera vuelta el mundo. Ahora lleva delantal de encaje y espera, temblando, a que suene el timbre.
Cuando Bárbara dejó colgando la sandalia de la punta de los dedos, supe que la obedecería allí mismo, en el portal, pasara quien pasara.
Durante meses me obligó a obedecer en su cama. Cuando por fin hablé, no imaginé que la justicia le devolvería cada golpe transformándolo en lo que más despreciaba.
Tenía diecinueve años y una calentura imposible de esconder. Él lo notó apenas me abrió la puerta de su departamento, y ya no hubo forma de disimular lo que los dos queríamos.
Guardaba ese vestido en el fondo del placard para nadie. Esa madrugada, cuando él tocó el timbre empapado, supe que por fin iba a estrenarlo para alguien.
Cuando crucé esa puerta dejé de ser yo. Él me esperaba sin peluca ni maquillaje, con una sonrisa de chico malo y mi nombre nuevo ya elegido.
Empecé llenando globos de agua tibia para sentir que tenía pecho. Terminé pegándolos a mis pezones con pegamento y descubriendo un placer que no sabía que buscaba.
De día firmaba como Tomás y nadie sospechaba nada. Esa carpeta abierta por accidente en la tablet de mi jefe iba a romper, de un solo golpe, dieciocho meses de silencio.
Bastaba con que ella se insinuara para que yo me pusiera en cuatro. Aquella noche descubrí que tenía dos sorpresas guardadas, y solo una era para mí.
Subí las escaleras apenas pudiendo caminar, con el vestido oliendo a la noche entera. No sabía que mi mamá estaba despierta, esperándome en el pasillo.