No soy maricón: la confesión de un hombre muy macho
Todo empezó con una paja entre colegas viendo una peli. Y cada vez que jura que no fue nada, la siguiente confesión lo desmiente un poco más.
Todo empezó con una paja entre colegas viendo una peli. Y cada vez que jura que no fue nada, la siguiente confesión lo desmiente un poco más.
Cuando la puerta se abrió, esperaba ver a mi amigo. Era su hermano, y por cómo me miró supe que esa noche no iba a dormir.
Salí de casa con mi disfraz de diablita y el plug puesto, sin imaginar que esa tarde dejaría que dos extraños decidieran por completo lo que iba a pasar con mi cuerpo.
Estaba solo en su departamento cuando vi sus sandalias junto al sofá. Sabía que no debía tocarlas, pero esa noche descubrí de qué era capaz por un capricho que jamás confesé.
No eran mías y eso era justo lo que las hacía irresistibles. Las levanté del suelo del lavadero sabiendo que esa noche haría con ellas todo lo que llevaba meses imaginando.
Cuando bajé a abrir, el hombre del pasamontañas llenaba todo el marco de la puerta. Mis padres dormían a unos metros y eso me ponía al límite.
Se maquilló, se ajustó la tanga de encaje bajo el short y bajó en el ascensor sabiendo exactamente lo que buscaba: que alguien la mirara como se mira a una presa.
Llevaba años guardando ese deseo bajo llave. Aquella madrugada, borracho y sin defensas, dejé que se me escapara delante de la única persona que podía cumplirlo.
Podía haberme cambiado en treinta segundos. En vez de eso caminé hacia la puerta con los tacones marcando cada paso, sabiendo perfectamente lo que él iba a ver.
Entré con la mochila al hombro y el corazón a mil. Ella me esperaba en encaje negro, dispuesta a arrancarme la vergüenza pedacito a pedacito.
Nunca pude distinguirlas. Una me besaba con ternura; la otra me ataba y me usaba. Tarde entendí que jamás hubo un error: las dos lo planearon todo.
La primera noche en la celda 118 le bastó para entender que ya no era dueño de su cuerpo, sino una pertenencia más del hombre de la litera de abajo.
El vestido rojo, los tacones y la jaula fría bajo la falda: Selena le había advertido que esa noche no saldría como hombre, sino como lo que ella decidiera.
Llevaba años vistiéndome a escondidas, pero esa noche me puse las botas, las medias de rejilla y el vestido de terciopelo, y crucé la puerta siendo ella.
Cuando tropezó en el andén y se le bajó el pantalón, vi el encaje rojo ceñido a su piel. Duró dos segundos, pero no pude pensar en otra cosa el resto del día.
Le prometí que sería su mujer sin importar el precio. No sabía que cada dosis me iría borrando, hasta que mi propio cuerpo dejó de pertenecerme a mí.
Me ardía el cuerpo entero y el maquillaje corrido del espejo no me dejaba mentir. Anoche fui otra. Y una parte de mí, la nueva, quería volver a serlo.
Compré unas medias negras con el corazón en la garganta, sabiendo que en cuanto cerrara la puerta de casa me convertiría en la mujer que llevaba todo el día imaginando.
Esa mañana mi hermana me prestó su nombre, su vestido y su vida entera. Esa tarde, un chico me miró como nadie me había mirado y, por primera vez, me reconocí.
Cada noche soñaba con tacones, encaje y un nombre que no era el mío. Hasta que Valeria abrió la caja de terciopelo y todo dejó de ser un sueño.