La modelo de la webcam estaba en el bar de mi hotel
Pagué por verla en una pantalla y me negué a tocarla. Lo que no imaginé fue encontrármela en carne y hueso, sentada en la misma barra que yo, esa misma noche.
Pagué por verla en una pantalla y me negué a tocarla. Lo que no imaginé fue encontrármela en carne y hueso, sentada en la misma barra que yo, esa misma noche.
A las nueve y media siempre tomaba el mismo bus. Esa noche, el chico del short deportivo se sentó a mi lado aunque había diez asientos libres, y nuestras rodillas se rozaron.
Saqué el fleshlight del cajón y se lo mostré como un trofeo. Damián se rio nervioso, pero ya tenía los pants a la altura de las rodillas.
Pensó que entraba a ese cuarto a hacerse el duro. Sabrina, con la minifalda roja y la mirada de dueña, ya había decidido que esa noche se arrodillaría.
La conocí mucho antes que a su hermana, mi esposa. Diez años después de aquel hotel, la vi salir del agua en la playa y supe que la historia no había terminado.
Apenas avancé unos pasos, mi celular empezó a vibrar sin parar. Era ella, y no pensaba dejar que me fuera tan fácil esa noche.
Esa noche me vestí de mujer, me puse los tacones más altos y salí a la calle dispuesta a todo. No imaginé a quién iba a encontrar en la barra.
La cámara del directo grabó cada palabra cuando confesó cómo terminó desnuda en la barra del hotel con un completo desconocido al que jamás debió mirar.
Cuando golpearon la puerta para avisar que se acababan los diez minutos, yo ya estaba boca abajo en la cama del artista, temblando, con su cuerpo apoyado contra el mío.
Levantó la cabeza para darme el encendedor y entonces lo reconocí. Tomás. El mismo que a los quince años me había enseñado lo que ningún libro contaba.
La fiesta del hotel terminó de madrugada, pero la verdadera noche empezó cuando Valeria se sentó a mi lado en el sofá y deslizó la mano dentro de mi short.
Pensé que el vodka me había nublado la cabeza, pero cuando cerró la puerta de la habitación supe que ella llevaba años esperando ese momento exacto.
Cuando vibra el teléfono a las cuatro de la madrugada sé que es él, que ningún otro lo quiso esta noche y que va a pagar lo que sea con tal de que aparezca.
Bajé del catre con la excusa del cargador. No fue una excusa. Lo que vi en la otra punta del cuarto me convirtió en cómplice antes de cruzar palabra.
La campanilla del motel sonó como una advertencia que ninguno de los dos quiso escuchar; afuera tronaba y adentro ya empezábamos a desvestirnos con la mirada.
Aceptaba propinas, miradas y conversaciones banales, pero nunca había recibido una propuesta como la suya: cinco mil euros por una sola noche en la habitación 412.
Estaba perdido a tres cuadras de su hostal y me pidió ayuda. Acepté subir por un vaso de agua. A los diez minutos no quedaba ni rastro de mi camiseta.
Abrí la puerta y el aire de mi casa cambió de temperatura. Daniela me había advertido por teléfono: «Es de esos hombres a los que cuesta decirles que no».
Cuando me crucé con ella en el pasillo del baño caí en que ya nos conocíamos: habíamos matcheado en la app la semana anterior y nadie había puesto cara a la otra hasta esa noche.
Quiero ponerme la peluca, maquillarme y entregarme a un desconocido que haya leído mis historias. Una sola noche, sin compromisos, antes de que sea tarde.