Lo que mi amante me ocultó hasta nuestro aniversario
Pensé que era un dildo. Cuando me quitó la venda y vi el espejo, entendí que llevaba meses preparándome para algo muy distinto.
Historias de pasion prohibida y aventuras secretas
Pensé que era un dildo. Cuando me quitó la venda y vi el espejo, entendí que llevaba meses preparándome para algo muy distinto.
Mi jefe me lo presentó entre risas, como si fuera un chiste interno. Siete días después, ese hombre me tenía inclinado sobre mi propio escritorio.
Encendí la cámara, le pasé el control a mi mujer y supe enseguida que aquella noche no iba a ser yo quien la tocara, sino el que la miraría de rodillas.
Acabé en la lona del gimnasio, debajo de un compañero, con el sabor a sangre todavía en la boca y a Carla esperándome en casa sin sospechar nada.
Bajaba al local del bolero a que me lustrara los zapatos y a leer cómics. Ninguno imaginaba lo que terminaría guardando él en el bolsillo de la camisa, ni hasta dónde llegaríamos.
Dejé el auto a dos cuadras, miré el cartel del local de peces y subí esos escalones sabiendo que, después de ese mediodía, ya no podría mentirme.
Compartimos habitación para ahorrar. Yo era casado, padre de dos hijos. Hasta esa noche en el hotel cuando él decidió que íbamos a ser otra cosa.
Entré al consultorio por un dolor en el abdomen. Salí con un número guardado en el móvil y una pregunta que llevaba años evitando contestarme.
Llegué con la única intención de salir del trámite y volver a casa. Cuando Mateo cerró la puerta de la sala de rayos, supe que esa noche no terminaría como había planeado.
Tenía la boca llena de él cuando escuché la puerta. Y entonces apareció ella, con esa media sonrisa que siempre supo decirme todo sin abrir la boca.
Volví a casa con la verga todavía dura, oliendo a maquillaje y a sudor, sin saber cómo iba a contarle a mi novia lo que había pasado esa noche con ellos dos.
Tres meses cruzando mensajes con un desconocido casado, hasta que aquella tarde en el centro comercial decidimos que ya no podíamos seguir solo escribiendo.
Solo vino a dejarme unos papeles. Cuando se sentó en el sofá y cruzó las piernas, supe que el problema iba a ser mío, no de ella.
Cuando Carla entró sin sostén bajo aquel vestido floreado, supe que el dolor de pecho era una excusa. Y supe también que iba a aceptarla.
Cuando descubrí que mi amante había planeado todo desde el principio, comprendí que mi cuerpo ya no era del todo mío. Y eso me excitó más que nada.
Uno era atlético y casado. El otro, un señor de paso por mi ciudad. Con los dos descubrí cosas que nunca había sentido y que todavía me persiguen cuando cierro los ojos.
Soy padre, soy contador, y aún así esa semana entré dos veces al mismo motel. La primera con un treintañero atlético. La segunda con un chico al que no volví a ver.
Recuerdo cada nombre, cada habitación y cada beso. Pero ella me mira como si me hubiese inventado a todas las personas con las que pasé la noche.
Cuando abrió la puerta, lo primero que vio fue una mujer desnuda arrodillada frente a mí. Por un segundo dudó. Después soltó la cartera y empezó a desvestirse en silencio.
Cuando entró en la ducha, no dijo nada. Solo apoyó sus pezones contra mi espalda y susurró que me dejara llevar. Mi mujer estaba a miles de kilómetros, con otro.