La pastilla y el desconocido del sexshop
Llevaba una hora con el cuerpo encendido y sin Rodrigo en casa. Cuando llamé al sexshop, nunca imaginé que el empleado aparecería en mi puerta diez minutos después.
Historias de pasion prohibida y aventuras secretas
Llevaba una hora con el cuerpo encendido y sin Rodrigo en casa. Cuando llamé al sexshop, nunca imaginé que el empleado aparecería en mi puerta diez minutos después.
Cuatro semanas mirándola moverse entre las mesas, deseando lo que no me atrevía a nombrar. Después de eso, nada volvió a ser igual.
Era la madrastra intachable, la mujer que ponía las reglas. Pero cuando mi hijastro apareció desnudo ante mí, supe que mis reglas eran de papel.
Llevaba la tanga azul debajo del pantalón, lista para otro. Cuando el tipo del autobús me miró con esa media sonrisa, entendí que esa tarde tenía otro destino.
Se apoyó en el mostrador, me miró directamente y me propuso ir a su hotel. A mis treinta y ocho años pensé que ya no me pasarían estas cosas.
Cuando dijo que no había avisado que terminó el taller, supe que el hotel que veíamos desde la avenida iba a ser nuestro por esa tarde.
Veinte años de matrimonio y de repente ella se apunta al gimnasio, cambia su ropa, revisa el teléfono en el baño. Algo no cuadraba. Decidí averiguarlo.
La vi sola en el café durante semanas: gruesa, bonita, con un cuerpo que su ropa no podía ocultar. Cuando me confesó que llevaba meses sin sexo, supe que algo iba a pasar.
Sabía perfectamente lo que iba a pasar cuando entré en ese cuarto con él. Lo sabía y aun así cerré la puerta. Mi marido estaba lejos y yo tenía demasiado tequila en las venas.
Cuando volví a casa, ella tenía los labios húmedos y una sonrisa que no encajaba. Lo que me contó después me dejó sin palabras... y completamente excitado.
Cuando exhaló el humo directo a mi cara y sonrió, supe que aquella noche no iba a terminar bien. Ni bien ni inocente.
Cuando revisé las grabaciones de las cámaras que ella no sabía que existían, vi a mi esposa con él. En nuestra cama. Y en lugar de enfurecerme, sentí algo oscuro que no esperaba.
Abrí la carpeta por error. Lo que encontré dentro me dejó paralizado frente a la pantalla: Elena, dos hombres y una escena que no debería haber visto.
El calor de agosto aplastaba el patio del bloque y Adrián no podía apartar los ojos de la ventana de enfrente. La señora Valverde no sabía que la estaban mirando.
La imagen era nítida: ella recostada en la reposera de él, en bikini, con una sonrisa que no era para mí. Lo que vino después me dejó sin habla.
El agua caliente nos llegaba a la cadera cuando su mano rozó la mía por error. O eso dijimos los dos.
Cuando el trono pasó frente a mí, nuestras miradas se cruzaron un segundo. Fue suficiente para que esa noche acabara de una manera que jamás hubiera imaginado.
Cuando entró empapada con sus amigas, supe que aquella noche iba a romper todos mis planes. Y cuando me llamó por mi nombre, entendí que el pasado nunca desaparece.
La primera noche que salí sin ella me reencontré con Lucía, mi ex de siempre. Y ella conocía a todas las amigas correctas.
Esa noche en el restaurante de Pinamar, Valeria entendió que la ciudad grande es, en realidad, un pueblo muy chico.