La novia de mi hermano tenía otros planes para mí
Esa tarde en casa, mientras probábamos ropa en la sala, entendí que la mirada que Valeria me lanzaba no tenía nada de inocente.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
Esa tarde en casa, mientras probábamos ropa en la sala, entendí que la mirada que Valeria me lanzaba no tenía nada de inocente.
Apareció en mi pantalla una noche cualquiera, pero su voz ronca hizo que algo dentro de mí se despertara con una urgencia que no sabía que existía.
La noche en que Camila dijo que nunca había hecho nada de eso, todos sonreímos. Pocas horas después, era la que pedía más.
La regla era simple: nada de enamorarse. Pero cuando Rocío me mandó ese audio a medianoche, supe que esto iba a complicarse más de lo que quería.
Ella lo notó antes que yo. Me tomó la mano en la pista y me miró como si supiera exactamente lo que yo seguía sin admitirme.
Cuando Clara vio la cerradura oxidada del cuarto cuatro, no se asustó ni dudó. Suspiró, pidió la toalla de siempre y entró primero.
No podía dormir. El calor me consumía desde adentro y ningún orgasmo era suficiente. Necesitaba que alguien me viera hacer lo que hago sola.
Nueve horas para mi vuelo y no había ni una cama libre en todo el aeropuerto. Entonces ella me miró desde su mesa y preguntó: «¿Te apetece sentarte conmigo?»
El piso lo compartían bien. Pero cuando Camila propuso compartir también a su novio, ninguna calculó hacia dónde las llevaría el experimento.
Eran las once cuando empezó a sonar el móvil. Su voz al otro lado, mis dedos sobre el teclado y una pantalla como única barrera entre las dos.
Cuando la destinaron a mi camarote, pensé que sería incómodo. No imaginé que acabaría contando las horas para que volviera a la litera de al lado.
Cuando entré al salón, ella estaba sentada en el sofá con esa sonrisa que ya no engañaba a nadie. Y arriba, en la escalera, alguien escuchaba en silencio.
La voz del comandante las paralizó a las dos. Llevaban apenas unos minutos solas en la enfermería del barco, y el tiempo que tenían ya no alcanzaba para nada.
La persiana de Noa estaba entreabierta. Rodrigo se asomó sin querer y no pudo apartar la vista. Lo que vio esa noche cambió todo lo que creía saber sobre ellas.
Cuando Lucía corrió la cortina del probador detrás de nosotras, supe que el vestido verde no iba a salir intacto. Y que yo tampoco saldría como había entrado.
Necesitaba dinero y él tenía una propuesta. Tardé menos de lo que esperaba en decir que sí, y mucho más en entender qué significaba ese sí.
Tenía quince años y no sabía lo que veía. Ahora, con veintidós, cada recuerdo de esas tardes cobra un significado completamente diferente.
Cuando sentí sus dedos en la oscuridad, lo primero que pensé fue en decirle que parara. Lo segundo fue no hacer nada de eso.
Entré a su cuarto con una bandeja y ella me miró desde la cama, casi sin ropa, y preguntó: —¿Te gusta lo que ves? Algo en mí se despertó sin aviso.
Camila apenas había estado con alguien cuando la presenté con el jefe. Esa madrugada los cuatro descubrimos que la oficina nunca volvería a ser un sitio neutral.