Confesión al entrar en su cama
No quería despertarlo de golpe: quería que sintiera mi boca, mis manos y mi hambre antes de abrir los ojos.
No quería despertarlo de golpe: quería que sintiera mi boca, mis manos y mi hambre antes de abrir los ojos.
Cada hora obedecía la misma orden en el baño, y con cada repetición mi cuerpo pedía algo más sucio y más intenso.
El aire acondicionado no funcionaba y el sudor me marcaba la camisa. Cuando levanté los ojos, él ya me miraba fijo por el retrovisor.
Cuando volvió del baño y me deslizó algo tibio en la mano, entendí que mi tanga rojo había vuelto con un secreto que iba a arruinarme el resto de la noche.
Cerré las persianas, me miré desnuda en el espejo y respiré hondo. Nunca me había tocado, pero esa tarde el único plan era descubrir mi cuerpo.
Llevábamos años rozándonos con la excusa del cariño familiar. Cuando la puerta se cerró y quedamos solas, saqué el bikini más chico que tenía y prendí un porro.
Cuando me sirvió una cerveza y me puso la mano en la bragueta, entendí que llevaba días dejándose ver a propósito por esa ventana.
Cuando tocó el timbre y preguntó si estaba solo, supe que no venía a hablar de clases ni de su novio.
Me acerqué solo para curiosear, pero cuando vi a aquella mujer adulta inclinarse sobre la cuna, ya estaba con la polla dura dentro del chándal.
Estaba ordenando archivos viejos de la laptop cuando lo vi: yo, desnuda, montada por un hombre que había borrado de mi memoria. Y esa noche estaba sola.
Yo fingía mirar la pantalla mientras él me abría el pantalón bajo su sudadera y me hacía temblar en la última fila.
Me desperté empapada, sin saber si el hombre que me había abrazado en el sueño era un colega, un desconocido o pura imaginación. No importaba nada.
Iba a darme un baño rápido y dormir. No sabía que Marlene había metido en mi maleta un par de vibradores, un consolador y una idea muy cabrona.
Creí oírla gemir al otro lado de la llamada y mi cabeza convirtió ese ruido en la escena más sucia que he imaginado.
Cerré la puerta del departamento, me apoyé contra la madera y supe que esa noche iba a tardar mucho en dormir. Necesitaba tocarme y quería tomármelo con calma.
Acepté el primer billete pensando que solo sería una caricia, pero la puerta cerrada cambió todas mis reglas.
Fui al shopping a buscar un traje nuevo. Terminé masturbándome en el vestidor y cara a cara con una villana que me dejó inmóvil justo cuando más me hervía la sangre.
Cuando me invitó a cenar aún no sabía que iba a acabar desnuda en su sofá, con su boca entre mis piernas, descubriendo lo que llevaba años negándome.
Cuando vi sus bragas húmedas sobre la toalla, entendí que ya no era un accidente: ella sabía exactamente lo que yo hacía cuando se iba.
Empecé a masturbarme en silencio junto a ella, pero cuando creyó que dormía, su mano se movió debajo de la sábana y todo cambió.