Mi confesión más sucia bajo la ducha
Después de correrme varias veces, seguía con el coño latiendo y una sola idea fija: dejar de tocarme sola y pedir que viniera por mí.
Después de correrme varias veces, seguía con el coño latiendo y una sola idea fija: dejar de tocarme sola y pedir que viniera por mí.
Le até las muñecas para mandar por primera vez, pero mientras él obedecía yo descubrí que el verdadero control no estaba de mi lado.
Se sentó a mi lado cuando apagaron las luces, y antes de medianoche ya estaba imaginando su mano subiéndome el vestido.
Entró buscando ayuda para controlar su ansiedad y terminó temblando frente a un hombre que parecía leerle el cuerpo mejor que la mente.
Llevábamos años provocándolo desde la arena, pero aquella tarde mi mujer abrió más las piernas y supe que ya no iba a quedarse solo mirando.
Primero fueron sus ojos desde el edificio de enfrente; después, su bulto rozándome mientras bailábamos en mi sala.
Puse el juguete en aleatorio antes de salir de la oficina. Veinte plantas, un metro y un parque me separaban de casa. No calculé lo que aguantaría.
Primero me grabaron masturbándome; después, mi madre descubrió que el pecado en esa casa no era el deseo, sino quién fingía no tenerlo.
Aquel bulto duro en el tren no me tocó solo el culo; me abrió una puerta que ya no he podido cerrar.
Cuando atendió la videollamada desde la oficina, ya estaba desnuda en el hotel y yo tenía a otro hombre esperando fuera de cámara.
Los gemidos del otro lado de la pared me dejaron empapada, y decidí despertar a mi hombre de la forma más sucia que conozco.
Camila me esperaba con una fiesta de treinta íntimos. Lo que no me esperaba era encontrar a una rubia en la ducha ni terminar la noche entre dos cuerpos que no conocía.
En la madrugada la sentí volver a la cama, agitada. Cuando me di la vuelta vi que se estaba tocando debajo de la sábana, creyendo que yo dormía.
Se sentó a mi lado cuando la sala estaba medio vacía, y en pocos minutos mi cuerpo ya le había dicho que sí antes que mi cabeza.
Bajé el mando y contuve la respiración: al otro lado de la pared, sus gemidos empezaban a subir de tono y yo ya tenía la mano dentro del pantalón.
Acepté su cena por necesidad, pero cuando aparcó en la oscuridad supe que no quería tocarme: quería verme perder la vergüenza.
Desde la sombra del patio los vi besarse en el coche, y cuando él se abrió el pantalón ya no pude dejar de tocarme.
Cerré la puerta, me puse el vestido más corto y decidí obedecer cada regla que me excitaba, aunque acabara temblando sola sobre el sofá.
Escuché los gemidos al pasar por el pasillo. La puerta estaba entreabierta y no pude apartar la mirada. Tampoco pude quedarme quieta.
Todo empezó cuando el cabecero de su cama golpeó la mía. A partir de ahí, ya no pude fingir que no la escuchaba, ni que no la deseaba desde hacía meses.