Fui a sorprender a mi marido y me sorprendí yo
La puerta de su despacho estaba entornada. Lo que vi al asomarme no me generó celos. Me generó ganas de algo que no esperaba.
La puerta de su despacho estaba entornada. Lo que vi al asomarme no me generó celos. Me generó ganas de algo que no esperaba.
Me paré en el umbral con el vino en la mano y lo miré desde lejos. Él levantó la vista. Yo sonreí. No hizo falta decir nada más.
Llevaba años con esa curiosidad sin nombre. Cuando Diego apareció en la cala, solo y con tiempo libre, algo cambió antes de que terminara el día.
Llevaba semanas sin atreverme a usarlo. Esa noche, después de probar los otros dos consoladores, decidí que era el momento. Lo que sentí me dejó sin palabras.
La ventana del pasillo daba directa al baño. El vapor empañaba el cristal pero dejaba ver lo suficiente: mi esposa pasando el jabón por el cuerpo de mi padre.
Siempre creí ser un hombre como los demás. Hasta que descubrí la lencería, los consoladores y la certeza de que algo dormía en mí esperando despertar.
Llevaba cuarenta y siete años siendo exactamente quien se supone que debía ser. Una noche con la lencería de mi esposa en las manos cambió eso para siempre.
Tres noches seguidas la escuchó entrar al baño a la misma hora. En la cuarta, se paró en el pasillo. Solo para mirar una vez, se dijo.
La sala olía a aceite de coco. Su masajista de siempre no había podido venir. La sustituta era Elena, y algo en su manera de mirar me hizo notar que ese masaje no iba a ser como los demás.
Cuando volví de la cocina y vi la mano de Marco sobre el muslo de Rodrigo, sentí unos celos que no supe si quería apagar o alimentar.
La vi a través del vaho, sin que ella lo supiera. Cuerpo moreno, pechos firmes, el agua cayéndole por los hombros. Y yo sin poder apartar los ojos.
El dueño del gimnasio pidió que se quitara toda la ropa. Yo asentí con calma y esperé. Lo que pasó después fue mejor que cualquier fantasía.
Cuando Rodrigo me abrió la puerta, supe que no había vuelta atrás. Mi vida estaba a punto de cambiar de una manera que nunca imaginé.
Corrí la cortina sin ruido. Sofía estaba de espaldas, con el agua cayéndole por los hombros, sin saber lo que estaba por pasarle.
Llevaba apenas una semana descubriendo el placer con otra mujer cuando la sobrina de mi marido llegó a la puerta. No lo pensé. La besé.
Terminé mi turno, hacía un frío brutal en el andén, y el chofer me dijo que podía quedarme en su autobús para calentarme. No tenía idea de lo que vendría.
Llegué al templo con el cuerpo en llamas y la mente llena de imágenes que no debería haber tenido. Nada me preparó para lo que vendría.
Dejé caer la sandalia sin que nadie lo viera. Mi pie buscó su pierna bajo la mesa y, cuando lo encontré, supe que ya no había vuelta atrás.
Sus padres tenían un matrimonio abierto y una reputación de pervertidos. Cuando les pidió ayuda con el trabajo final, nunca pensó que lo incluirían en el guion.
Llevaba semanas hablando con él en la app, pero hasta esa noche nunca habíamos quedado. Tenía la imagen de su cuerpo grabada y una erección que no me dejaba pensar.